La hija de uno de los hombres más ricos de Cerdeña me arrojó champán encima delante de decenas de millonarios, y el dueño del complejo se quedó inmóvil al oír mi respuesta.
Eran las nueve de la noche, en la terraza del complejo Costa Serena, y yo estaba descalza junto a la piscina infinita, apretando contra el pecho la vieja cámara de mi abuelo. El líquido frío me corría por el hombro y empapaba la correa de cuero. Sofía Ricci inclinó la copa vacía hacia mí.
—No pongas esa cara —dijo—. Trabajas junto a la piscina, ¿verdad? Supongo que este es tu uniforme.
Algunos invitados rieron con suavidad. Los ricos nunca se reían demasiado fuerte cuando querían humillar a alguien.
Mi vestido seguía encerrado en la lavandería por un error del personal. La coordinadora me había rogado que fotografiara la fiesta con el traje de baño rojo que llevaba durante el turno de la tarde. Yo había aceptado porque estudiaba veterinaria en Milán y la matrícula no se pagaba con sueños. Por las noches hacía fotografías; por las mañanas atendía el bar y ayudaba en la clínica del complejo.
Sofía me había visto muchas veces, pero esa noche decidió verme de verdad.
—Ten cuidado con esa cámara, querida —susurró—. Probablemente vale más que toda tu habitación.
Me ardió la cara. Aquella cámara tenía una esquina golpeada, una hebra azul suelta en la correa y el olor de la chaqueta de mi abuelo todavía pegado al estuche. Era lo único valioso que conservaba de él.
Podía marcharme. Podía agachar la cabeza. En cambio, levanté la barbilla.
—Fallaste el objetivo.
Su sonrisa se quebró.
—¿Qué dijiste?
—Querías avergonzarme. Solo alcanzaste mi brazo.
El silencio cayó sobre la terraza como una sábana mojada.
Entonces Luca Moretti apareció a mi lado. Todos conocían su nombre: dueño de viñedos, establos y hoteles, heredero de una familia cuyo poder se mencionaba en voz baja. Vestía de negro, tenía una cicatriz fina en la mandíbula y llevaba un anillo sencillo de plata.
Miró el champán sobre mi piel y luego a Sofía.
—¿Quién te dio permiso para hablarle así?
—Nadie me da permiso para trabajar —respondí—. Si le molesta que esté aquí, quéjese con la dirección.
Por primera vez, Luca sonrió apenas.
—Mi queja no es contigo.
Se quitó la chaqueta y la colocó sobre mis hombros.
—Has vertido champán sobre una empleada para que todos la consideraran inferior —dijo a Sofía.
—Fue un accidente.
—No. Fue una representación.
Sofía palideció cuando Luca me nombró fotógrafa oficial de sus eventos y triplicó mi paga delante de todos. Más tarde, a las once y media, en una sala privada con paredes de cristal, encendió la pantalla de mi cámara.
La fotografía mostraba a Sofía junto a un hombre de corbata plateada y a Matteo Moretti, el hermano de Luca, pasándose un sobre sellado.
—Déjame verla —pidió Luca.
—No.
Su mirada se volvió helada.
—Mara, esa imagen podría afectar a mi familia.
—Entonces demuéstrame que puedo confiar en ti.
Alguien llamó a la puerta. Luca miró la manija, después la carpeta gris sobre la mesa, y extendió la mano hacia ella…
La mano de Luca se detuvo a pocos centímetros de la carpeta gris.
—Mara, abre. Tenemos que hablar —dijo Sofía desde el pasillo.
Eran las once y treinta y siete de la noche. El aire acondicionado hacía temblar una servilleta sobre la mesa, pero yo sentía calor en las palmas. Luca no llamó a los guardias ni intentó quitarme la cámara.
—¿Quieres que entre? —preguntó.
—Sí. Pero quédate aquí.
Sofía entró con el mismo vestido blanco, el mismo anillo de piedra verde y una sonrisa tan perfecta que parecía dibujada.
—Veo que ya encontraste refugio —dijo.
—Estás en mi oficina —contestó Luca.
—No por mucho tiempo.
Dejó un expediente delgado sobre la mesa. El broche metálico golpeó la madera con un sonido seco.
—Tu padre firmó un acuerdo con mi familia —dijo—. Si la compra de los establos se completa, la mitad de las propiedades toscanas pasará a manos de los Ricci. Y si hay matrimonio, la cláusula será definitiva.
Miré a Luca.
—¿Qué matrimonio?
Sofía ladeó la cabeza.
—El nuestro, naturalmente.
Luca hojeó los papeles. Por primera vez, su rostro perdió color.
—Ese acuerdo fue rechazado hace años.
—Tú rechazaste a la mujer que lo haría posible —respondió ella—. No rechazaste el contrato.
Sentí que la habitación se encogía alrededor de mi pecho.
—¿Sabías esto? —le pregunté.
—Sospechaba que Matteo había firmado documentos sin autorización. No conocía esta cláusula.
—Debiste contármelo antes de contratarme.
—Sí.
Su respuesta fue sincera, y por eso dolió más que una mentira.
Durante tres días, en la residencia de empleados, evité a Luca. A las ocho de la mañana del cuarto día encontré un sobre gris bajo mi puerta. Dentro estaban mi paga, una carta de disculpa y una copia de la fotografía. Una frase escrita a mano me hizo detener la respiración: «Tu atención puede haber salvado algo más que mi empresa».
Esa tarde fui a los establos Ricci para revisar a Belladonna, una yegua negra que había encontrado herida. A las seis y diez, la puerta del despacho quedó entreabierta. Olí desinfectante, cuero húmedo y miedo.
—Dijiste que la cláusula era simbólica —protestó Matteo desde dentro.
—Luca solo lee los contratos cuando respeta a quien tiene enfrente —respondió Ricci—. La muchacha es un problema. Sofía se ocupará de ella.
Levanté la cámara y tomé una fotografía. El clic sonó demasiado fuerte.
Matteo giró la cabeza.
—¡Corre!
Salí hacia el portón, pero un automóvil negro me bloqueó el paso. Sofía bajó con dos hombres.
—Debiste seguir siendo invisible —dijo.
—Apártate de mí.
—Ya no puedes esconderte detrás de una cámara.
Entonces otro automóvil llegó levantando grava. Luca salió antes de que el motor se apagara y se colocó entre ellos y yo.
—Aléjense de ella.
Sofía soltó una carcajada.
—No puedes salvarla cada vez.
Luca me miró a mí, no a ella.
—Mara, ¿quieres venir conmigo?
Su mano quedó suspendida, sin tocarme. Yo di un paso hacia él. Pero justo cuando sus dedos iban a cerrarse sobre los míos, un hombre de traje oscuro salió del cobertizo con una orden judicial en la mano y dijo:
—Señor Moretti, esta vez no puede llevársela, porque usted también está bajo investigación…













