PARTE 4 — Me obligó a viajar sola después de regalarle mi asiento a otra mujer, pero al verme en Lhasa su sonrisa desapareció

PARTE 4

La peor noticia estaba en el teléfono de la coordinadora.

—¿Qué transferencia? —pregunté.

—Una cantidad considerable ingresó en la cuenta de su proyecto hace cuatro meses —respondió ella—. El concepto indica «compensación por materiales», pero el dinero salió de una cuenta vinculada a Qin Yi.

Qin Yi se puso pálido.

—Eso no significa nada.

—Significa que compraste mi trabajo —dije.

—Te estaba ayudando.

—¿Pagándome a escondidas?

Wan Juan miró la pantalla de mi madre y luego a Qin Yi.

—Me dijiste que Tang Mei te había dado el proyecto.

—Porque me lo dio.

—Te lo presté para revisarlo —dije—. Nunca te autoricé a presentarlo.

Qin Yi sacó su teléfono con dedos torpes.

—Voy a llamar al profesor Chen.

Marcó dos veces. Nadie contestó.

A la tercera, una voz masculina respondió.

—Qin Yi, no vuelvas a llamarme.

—Profesor, puedo explicarlo.

—Ya explicaste bastante en la grabación.

—Usted dijo que el proyecto era sólido.

—Dije que era de Tang Mei. No confundas mi opinión sobre su trabajo con una autorización para robarlo.

Qin Yi bajó el teléfono lentamente.

Su abogado llegó cuarenta minutos después, en un automóvil negro, con una carpeta de cuero bajo el brazo. Se acercó a él, escuchó la explicación y miró los documentos.

—¿Ella tiene los archivos originales? —preguntó.

—Sí.

—¿Y la universidad tiene la grabación?

—Sí.

El abogado cerró los ojos un instante.

—No voy a representarte en esto.

—¿Qué estás diciendo?

—Que no puedo defender una versión que contradicen tus propios mensajes, tus transferencias y tu voz.

—Me prometiste que todo se podía solucionar.

—Eso fue antes de que escuchara la prueba.

Qin Yi se quedó solo junto a la acera, con la bufanda roja de Wan Juan todavía enredada en su muñeca.

La universidad nos pidió entrar en una sala de reuniones del hotel. Sobre la mesa había una computadora, un proyector y una grabadora pequeña. Cuando reprodujeron el archivo, la voz de Qin Yi llenó la habitación.

«Tang Mei seguirá conmigo. Puede enfadarse, puede hacer una escena, pero al final volverá. Ella no sabe vivir sin mí».

!!!  În luna de miere, soțul meu a ridicat pumnul spre mine, iar când am ajuns la bancă, directorul a încetat să zâmbească

Era extraño escucharlo desde fuera.

Hasta entonces, esas frases habían vivido dentro de mi cabeza como una herida privada. Ahora estaban entre nosotros, desnudas, sin el tono amable con que él las había pronunciado aquella noche.

Qin Yi miraba al suelo.

—Yo estaba frustrado —dijo.

—No —respondí—. Estabas convencido de que nunca perderías el poder.

—No quise hacerte daño.

—Eso no cambia el daño.

La coordinadora le pidió que explicara la transferencia. Él habló durante veinte minutos, mezclando disculpas, confusión y palabras como «malentendido» y «colaboración». Al final, tuvo que admitir que había enviado mi investigación a una fundación como si fuera parte de su experiencia académica.

La investigación formal comenzó esa misma semana.

La fundación congeló su solicitud. La universidad anuló su recomendación y notificó a su instituto. El profesor Chen retiró su nombre de un proyecto que Qin Yi había presentado como propio. No hubo gritos ni una escena espectacular. Solo correos, llamadas y puertas que dejaron de abrirse.

La familia de Qin Yi llamó a mi madre.

—Podemos hablarlo entre nosotros —dijo su madre—. Los jóvenes cometen errores.

—Mi hija no es una herramienta para corregir los errores de su hijo —respondió mi madre.

La madre de Qin Yi guardó silencio.

Después llamó él.

—Tang Mei, solo necesito que digas que fue una colaboración.

—No.

—Si no lo haces, perderé la beca.

—La perdiste cuando usaste mi trabajo sin permiso.

—¿De verdad vas a destruir mi futuro?

—No. Solo dejé de protegerte de tus decisiones.

Colgué.

Dos días después regresé a nuestra calle para recoger mis cosas. La habitación que durante años había parecido nuestra estaba casi vacía. En el estante quedaban dos tazas, un calendario viejo y la fotografía de nosotros frente a una bicicleta azul. Qin Yi había quitado todas las imágenes en las que aparecía Wan Juan, pero dejó la nuestra porque no supo qué hacer con ella.

Metí la fotografía en una caja.

Sobre la mesa encontré la pequeña luna de cerámica. La pintura dorada de la frase «Hasta Lhasa, juntos» se había borrado casi por completo.

!!!  Ich sah meinen Mann mit einer anderen Frau tanzen und zog meinen Ring ab — dann wurde seine Mutter plötzlich kreidebleich

La sostuve unos segundos.

Luego la guardé en mi bolsillo.

No como recuerdo de él.

Como prueba de que una promesa también podía cambiar de dueño.

Tres meses después, Pekín olía a lluvia, carbón húmedo y pan recién hecho. Vivía en una habitación pequeña cerca del campus. La ventana no cerraba bien y cada mañana tenía que colocar un libro contra el marco para que no entrara el viento.

Me gustaba.

Trabajaba unas horas en la biblioteca, asistía a las clases por la tarde y enviaba mis investigaciones a un profesor que nunca me preguntaba quién me acompañaba. Mi nombre aparecía completo en cada documento.

Mi madre me visitaba los domingos. En una de esas visitas, llevó a mi sobrina pequeña, Linlin. La niña dibujó una estación de tren con una mujer frente a una ventana.

—¿Esa eres tú? —pregunté.

—Sí. Estás yendo a un lugar donde nadie te dice que bajes del tren.

Me reí, pero los ojos se me llenaron de lágrimas.

—¿Y quién está contigo?

Linlin añadió una luna blanca en la esquina del dibujo.

—Tú misma.

Colgué el dibujo sobre mi escritorio.

A veces todavía veía frases luminosas en los reflejos de las ventanas. Ya no decían que yo era una villana ni que Qin Yi era el protagonista. Algunas noches aparecía una sola línea:

«La historia cambió cuando ella dejó de pedir permiso».

No sabía quién las escribía.

Tampoco necesitaba saberlo.

Pasaron otros dos meses. Una tarde de noviembre, mientras ordenaba recibos junto a la calefacción, recibí un mensaje de Qin Yi.

«Estoy en Pekín. Podemos hablar. Wan Juan y yo terminamos. Ahora entiendo que tú eras la única que siempre estuvo ahí».

Leí el mensaje una vez.

Después otra.

No sentí triunfo. Solo una fatiga antigua, parecida a la que había sentido en aquel taxi.

Escribí una respuesta.

«No soy la persona que estuvo ahí para salvarte. Soy la persona que se fue cuando entendió que no querías cambiar».

!!!  Ich verlangte mitten in einer tödlichen Abrechnung seine Unterschrift – und plötzlich hörte der gefürchtete Mann auf zu blinzeln

Él contestó de inmediato.

«Dame una oportunidad más».

Miré el dibujo de Linlin, la ventana mal cerrada y la pila de libros junto a mi cama. Afuera comenzaban a caer los primeros copos del invierno.

Escribí:

«Ya tuve mi oportunidad. La estoy viviendo».

Bloqueé su número.

Esa noche caminé hasta la estación. Había gente corriendo con maletas, parejas abrazadas y vendedores ofreciendo té caliente. Me detuve frente al cristal y vi mi reflejo: el mismo rostro, pero sin la tensión de quien espera que alguien vuelva.

Saqué la luna de cerámica del bolsillo. La había llevado conmigo desde Xi’an, después desde Lhasa y luego hasta Pekín. El borde estaba astillado, la pintura casi desaparecida y la frase ya no podía leerse.

La coloqué sobre la palma.

Durante años pensé que aquel objeto representaba una promesa entre dos personas.

Ahora entendía que solo representaba un camino.

El mío.

Guardé la luna en el bolsillo y subí al tren que salía hacia el campus. No había nadie esperándome en el andén.

Y, por primera vez, eso se sintió como libertad.

¿Te perdiste el principio?

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