La noche en que encontré a una mujer acostada junto a mí, mi mano ya había sacado el arma de debajo de la almohada.
La tormenta golpeaba los ventanales de mi dormitorio y el reloj de bronce sobre la chimenea marcaba las dos y diecisiete de la madrugada. Durante dos años nadie había entrado en mi habitación sin permiso. Nadie se atrevía siquiera a cerrar una puerta demasiado fuerte cerca de mi ala privada.
Pero allí estaba ella.
Emma Carter dormía de lado, vestida con el uniforme gris de limpieza, con una mano apoyada sobre mi manta y el cabello pegado a la mejilla. En su otra mano sostenía un paño húmedo. El olor a lavanda y desinfectante flotaba sobre las sábanas.
Le apunté al pecho.
—Levántate —ordené.
Emma abrió los ojos lentamente. No gritó. Ni siquiera retrocedió.
—¿Ya pasó? —preguntó.
—¿Qué demonios haces en mi cama?
Miró el arma, después mi rostro.
—Usted se desmayó.
—Eso no responde mi pregunta.
—Se golpeó contra el escritorio. Le sangraba la frente. Lo acosté para limpiarle la herida.
Mi dedo seguía sobre el gatillo, pero algo en su voz me desconcertó. No había miedo. Había cansancio. Un cansancio tan profundo que parecía pesar más que la pistola.
—Podías llamar a una enfermera.
—La enfermera renunció hace cuatro días.
—Podías llamar a Luke.
—Luke me habría preguntado por qué estaba en su dormitorio y después me habría despedido.
Bajé apenas el arma.
Dos años antes, una bala de francotirador me había robado las piernas y convertido mi mansión en una prisión de mármol. Antes del disparo, controlaba negocios en media ciudad desde oficinas blindadas, restaurantes oscuros y vehículos con vidrios gruesos. Después, seguía siendo dueño de todo, pero ya no podía cruzar una habitación sin que alguien fingiera no mirar mis manos temblorosas.
Las enfermeras renunciaban. Los terapeutas desaparecían. Los hombres armados bajaban la vista cuando yo entraba en una sala.
Emma no.
La conocí tres semanas atrás, a las once de la noche, arrodillada en el corredor principal y frotando los zócalos con tanta fuerza que sus nudillos estaban rojos. Llevaba un pequeño broche amarillo en forma de tranvía sujeto al cuello del uniforme. Era barato, estaba rayado y parecía a punto de romperse.
—¿Quién eres? —le pregunté.
—Emma. Limpieza nocturna.
—No te dije que siguieras trabajando.
Ella levantó la cabeza.
—¿Quiere que pare? Si paro, no me pagan.
—¿Y qué?
—Si no me pagan, no puedo pagar la residencia de mi madre.
Después volvió a limpiar como si yo fuera otra mancha del suelo.
Aquella madrugada, sin embargo, había algo distinto en su rostro.
—¿Por qué te quedaste aquí? —pregunté.
Emma miró el paño empapado de sangre.
—Porque cuando lo encontré estaba llamando a alguien.
—¿A quién?
—No decía un nombre. Repetía una frase.
El viento sacudió los cristales. Sentí un pinchazo ardiente atravesarme los muslos inútiles, como si la bala siguiera dentro de mí.
—¿Qué frase?
Emma se incorporó. El colchón crujió bajo su peso.
—Decía: “No fue el francotirador”.
La habitación pareció hacerse más pequeña.
—Estabas soñando.
—No.
—No sabes lo que oíste.
—Entonces dígame por qué, cuando mencioné esa frase, usted dejó de respirar.
No encontré respuesta. Desde el pasillo llegó un ruido metálico, breve, como una llave girando en una cerradura.
Emma también lo escuchó.
Se puso de pie y tomó el paño.
—¿Esperaba a alguien?
—En esta casa todos esperan algo.
La puerta comenzó a abrirse lentamente. Mi mano volvió a cerrarse alrededor del arma, mientras Emma caminaba hacia el escritorio y extendía los dedos hacia una carpeta de cuero que yo no recordaba haber dejado allí…
PARTE 2
Emma abrió la carpeta justo cuando la puerta terminó de moverse.
Luke apareció en el umbral con una camisa blanca, el cabello mojado por la lluvia y una pistola escondida bajo la chaqueta. No miró a Emma. Miró mi arma.
—¿Todo bien, Danny? —preguntó.
—¿Qué haces aquí a esta hora?
—Escuché un golpe.
—¿Y entraste armado para comprobar si me había caído?
Luke sonrió, pero no alcanzó a ocultar la tensión de su mandíbula.
—En esta casa todos estamos armados.
Emma mantenía la carpeta contra el pecho. Sus dedos se habían manchado con polvo dorado del borde.
—Sal de aquí —le dije.
Luke dio un paso hacia ella.
—La nueva empleada no debería tocar los documentos del señor.
—No los estaba leyendo —respondió Emma.
—No te pregunté qué estabas haciendo.
—Entonces no me hable.
Durante un segundo, nadie respiró. Después Luke soltó una risa seca.
—Danny, esta mujer es un problema.
—La única persona que ha conseguido que esta casa funcione en meses no es el problema.
La sonrisa de Luke desapareció.
Levanté la mano hacia Emma.
—Dame la carpeta.
Ella vaciló, pero me la entregó. Pesaba más de lo normal. Al abrirla, encontré facturas, informes médicos y una hoja arrancada de un libro de cuentas. No reconocí las cifras, pero sí la firma al pie: Luke Mercer.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—Material de una auditoría interna —dijo Luke demasiado rápido.
—Yo no ordené ninguna auditoría.
—La ordené yo para proteger sus intereses.
—Mis intereses no necesitan que me robes cuatro millones de dólares.
Su rostro cambió.
Emma retrocedió hasta tocar la pared. El papel crujió entre mis dedos.
—Eso es una acusación grave —dijo Luke.
—Entonces quédate y explícala.
—No aquí.
—Aquí precisamente.
La lluvia golpeaba el techo de cristal del corredor. En algún lugar de la planta baja, un reloj dio las tres. Sentí otro latigazo de dolor fantasma, tan brutal que tuve que clavar las uñas en los apoyabrazos de la silla.
Emma se acercó sin pedir permiso.
—Respire —dijo.
—No me toques.
—Entonces deje de ponerse blanco.
Luke observó el intercambio con una expresión extraña, casi irritada.
—¿También te cuenta sus secretos? —preguntó.
—No —respondió Emma—. Pero usted sí parece conocer demasiados.
Luke dio un paso hacia ella.
—Ten cuidado.
—Ya tengo cuidado. Por eso guardé esto.
Emma sacó un pequeño dispositivo negro del bolsillo del uniforme. No era más grande que una caja de cerillas. Una luz roja parpadeaba en la esquina.
Mi estómago se cerró.
—¿Qué es? —pregunté.
—Una grabadora.
Luke dejó de sonreír.
—Apágala.
—¿Por qué? —dije.
—Porque es ilegal.
—¿Y qué estabas diciendo para que una grabación te preocupe tanto?
Emma miró la pantalla diminuta.
—La encendí esta noche porque escuché a dos hombres hablar en el cuarto de servicio. Uno era Luke. El otro dijo que la silla debía fallar antes del viernes.
Luke sacó la pistola.
El mundo se redujo a tres cosas: el arma, la lluvia y el pequeño broche amarillo que temblaba en el cuello de Emma.
—Dame eso —ordenó Luke.
—No —dijo ella.
Yo intenté mover mi silla, pero la rueda derecha chocó contra la alfombra. Luke levantó el arma y apuntó a Emma.
—Danny —murmuró—, si quieres seguir vivo, dile que me entregue la grabación.
Emma me miró. Por primera vez desde que había llegado, vi miedo en sus ojos.
Y entonces comprendí que Luke no estaba improvisando. Había venido preparado para matar a alguien.
—Haz lo que dice —susurré.
Emma apretó el dispositivo contra su palma.
Luke extendió la mano.
Pero desde el pasillo llegó el sonido de otra puerta abriéndose, seguido por una voz desconocida que pronunció mi nombre…
PARTE 3
—¡Danny! ¡No dispares! —gritó la voz desde el pasillo.
Era la doctora Miriam Vale, mi antigua neuróloga. Entró acompañada por dos agentes vestidos de civil. Luke giró el arma hacia ellos, pero uno de los agentes levantó una placa y el otro apuntó directamente a su cabeza.
—Baje el arma —ordenó.
Luke obedeció despacio. El metal cayó sobre la alfombra persa con un golpe apagado.
Emma seguía sosteniendo la grabadora. Tenía los labios pálidos.
—Reproduce el archivo —dijo la doctora Vale.
—¿Ahora? —pregunté.
—Ahora, Danny.
Emma presionó un botón.
Al principio solo se oyó un zumbido y el ruido lejano de una caldera. Después apareció la voz de Luke, nítida, fría, irreconocible para cualquiera que no lo hubiera conocido durante quince años.
—La silla tiene que fallar en la escalera. Si parece un accidente, nadie hará preguntas.
Otra voz masculina respondió:
—¿Y si sobrevive?
—Entonces terminaremos el trabajo. Danny ya no firma nada sin mí. El disparo solo le quitó las piernas; la silla le quitará el resto.
El silencio posterior fue peor que la grabación.
Miré a Luke.
—Tú estabas allí aquella noche.
—Eso no demuestra nada —dijo, pero su voz había perdido firmeza.
La grabación continuó.
—El francotirador recibió el dinero de la cuenta de Mercer. El conductor fue eliminado. La única persona que puede relacionarlo conmigo es el contador de Carter.
Emma dejó caer la mirada.
—Mi padre —susurró.
La doctora Vale asintió.
—Su padre no murió de un infarto, Emma. Lo encontraron sin vida dos días después del atentado. Antes de morir, envió una copia de los libros contables a mi despacho.
Emma se quedó inmóvil. El pequeño broche amarillo se desprendió de su cuello y cayó al suelo.
—Usted sabía quién era mi padre —le dijo a Luke.
Luke no contestó.
—¡Usted sabía quién era! —gritó Emma.
—Tu padre robó dinero.
—Mi padre descubrió que usted pagó al hombre que disparó contra Danny.
Luke se volvió hacia mí.
—Lo hice para salvar la organización. Ibas a entregarlo todo a la policía.
—Nunca dije eso.
—Lo habrías hecho. Estabas cansado de la sangre.
La frase me golpeó más que cualquier insulto. Porque era cierta. Antes del disparo, había empezado a retirar dinero de los negocios ilegales y a convertirlos en empresas legítimas. Luke no había protegido mi imperio. Había protegido su poder.
La doctora Vale sacó un sobre de su bolso.
—También tenemos el registro de transferencias y una declaración firmada por el contador Carter. La policía puede detenerlo esta misma noche.
Luke miró hacia la ventana.
—No tienen derecho.
—Tenemos una orden —respondió el agente.
Le colocaron las esposas. Luke no opuso resistencia hasta que pasó junto a mí.
—Sin mí, no duras una semana —murmuró.
—Tal vez esa es la primera semana que realmente será mía.
Lo sacaron del dormitorio. Emma seguía mirando el broche en el suelo.
Me incliné para recogerlo, pero mis manos empezaron a temblar.
—No puedo creer que mi padre guardara esto —dijo ella—. Ni siquiera sabía que estaba investigando.
—¿Por qué aceptaste trabajar aquí?
—Porque necesitaba dinero. Y porque alguien me envió una carta diciendo que la verdad sobre su muerte estaba dentro de esta casa.
—¿Quién?
Emma levantó el rostro.
Antes de que pudiera responder, el teléfono de la doctora Vale comenzó a sonar. Ella contestó, escuchó durante unos segundos y palideció.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
La doctora me miró como si acabara de recibir una noticia imposible.
—El hombre que disparó contra ti acaba de despertar en un hospital de Indiana. Y ha pedido hablar contigo antes de declarar…
La última llamada de Luke cambió lo que yo creía saber…
Yo pensaba que la verdad terminaría con su arresto. Pero lo que escuché después me obligó a enfrentar una herida mucho más antigua.
“No. Que todos lo escuchen.”
Y por fin dejé de protegerlo.
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