
PARTE 4
—Una persona que podría estar dentro de su propia casa…
La inspectora Elena Ruiz no dijo el nombre de inmediato.
Margaret abrió los ojos.
Dennis dejó de tocarse la mejilla, todavía roja por la bofetada.
—¿Quién? —pregunté.
—Su esposa, Clara Ortega —respondió Elena—. La transferencia salió de una cuenta que ella abrió hace seis meses.
Sentí que el taller se inclinaba bajo mis pies.
Clara había sido quien me enseñó la primera fotografía del dron. Clara había dicho que no quería problemas. Clara me había pedido que no enfrentara a Margaret sin pruebas.
—Eso no es posible —dije.
Margaret sonrió por primera vez desde que la llamada comenzó.
—Ya ve, señor Ortega. Quizá el problema no estaba en mí.
—Cierre la boca —dijo Dennis.
La inspectora continuó hablando.
—No estoy diciendo que su esposa sea culpable. La cuenta recibió dinero, pero también envió copias de varios archivos a una dirección protegida. Necesito que todos permanezcan donde están hasta que lleguemos.
—¿Clara está en casa? —pregunté.
—No lo sé. El informe llegó desde un teléfono registrado a su nombre, pero la última ubicación fue la biblioteca municipal.
Margaret avanzó hacia la puerta.
—No tienen autoridad para retenerme.
—Todavía no —contestó Elena—. Pero si sale, puede destruir pruebas.
—No me dé órdenes por teléfono.
—Entonces espere a que se las dé en persona.
Margaret miró a Dennis.
—Llame a mi abogado.
Dennis sacó el teléfono, marcó y esperó. Al tercer tono, una voz respondió. Él puso el altavoz.
—Necesito que venga inmediatamente —dijo Margaret—. Ortega ha destruido mi dron y está reteniendo información privada.
El abogado respiró al otro lado.
—¿Hay agentes en el lugar?
—Aún no.
—¿Hay una grabación?
Margaret se quedó callada.
—Responda —exigió él.
—Hay un archivo que está siendo revisado.
—Entonces no toque nada. No firme nada. Y, por favor, no diga una sola palabra más.
Ella apretó los labios.
—¿Me está abandonando?
—Estoy intentando evitar que se incrimine.
La llamada terminó.
Un coche blanco apareció frente a la casa veinte minutos después. Elena bajó con dos agentes y una orden de preservación de pruebas. Clara venía detrás de ellos, pálida, abrazando una carpeta de tela verde oscuro.
Corrí hacia ella.
—¿Fuiste tú?
—Sí —dijo—. Yo envié el informe.
Margaret soltó una risa seca.
—La esposa perfecta.
Clara la miró sin levantar la voz.
—Dejé que creyeras que eras más lista que todos porque necesitaba que siguieras hablando.
Abrió la carpeta. Dentro había recibos, fotografías y una memoria de almacenamiento conectada a una pequeña grabadora.
—El primer día que viniste a nuestra puerta con una multa, dejé esto encendido en el bolsillo de mi abrigo. Después de eso, Margaret empezó a llamarme porque pensaba que yo estaba dispuesta a vender.
Yo no sabía nada. Clara tampoco había confiado en mí por completo, y esa verdad dolió más que el dron.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque sabía que intentarías enfrentarte a ella antes de tener una salida segura.
El agente tomó la grabadora. Elena revisó los documentos.
—Aquí aparecen pagos de Víctor Salgado, órdenes de vuelo y una lista de viviendas —dijo—. También hay una orden para colocar cámaras en dos casas vacías.
Margaret se sentó en la silla del taller.
—No pueden probar que yo controlaba el dron.
Elena señaló el vídeo.
—Su voz aparece en tres archivos. Y el registro de mando muestra su teléfono.
Afuera comenzaron a llegar vecinos. Nadie gritó. Nadie aplaudió. Solo miraban mientras los agentes escoltaban a Margaret hacia el vehículo.
Antes de entrar, ella se volvió hacia mí.
—Sin mí, esta comunidad se desmoronará.
—No —respondí—. Sin usted, quizá pueda respirar.
Esa noche, mientras revisábamos las copias, mi teléfono recibió un mensaje de Víctor Salgado: “Si entregan esos archivos, Ava será la primera en pagar”.
Elena leyó la pantalla y su expresión cambió.
—Ahora sí tenemos una amenaza directa.
Víctor aún no sabía que la policía ya había localizado su oficina, ni que el registro del dron acababa de abrir una segunda investigación. Tampoco sabía que sus propias palabras estaban a punto de regresar por los altavoces de una sala llena de vecinos…
¿Te perdiste el principio?








