A las nueve y quince de la mañana, mis hijas me abrazaron creyendo que me marchaba a Canadá, mientras yo escondía en la maleta una mentira que podía destruir mi familia.
—Serán solo cuatro días —dije, cerrando el broche de mi abrigo—. El viernes estaré de vuelta.
Ana, de nueve años, apretó los brazos alrededor de mi cintura. Llevaba dos trenzas torcidas y una cinta amarilla que siempre se le deslizaba sobre la ceja. Lisa, de seis, no soltaba mi mano. En la otra sostenía su conejo de lana roja, con una oreja remendada con hilo amarillo.
—¿Tienes que irte otra vez, papá? —preguntó.
—Es una reunión importante.
Sonreí como pude. La culpa me quemaba por dentro.
No había avión. No había reunión. Ni siquiera había reservado un hotel. Cuarenta y cinco minutos después de que mi automóvil cruzara la verja principal, regresé por la entrada de servicio junto a Maxim, el jefe de seguridad, mientras todos en la casa creían que estaba a miles de kilómetros.
Sobre todo Victoria.
Mi prometida llevaba tres meses preparando nuestra boda y, la noche anterior, había dejado caer una frase que no me permitió dormir.
—Confías demasiado en Galina —me dijo en el comedor, mientras giraba lentamente su copa entre los dedos.
Galina llevaba casi cinco años trabajando en mi casa. Después de la muerte de mi esposa, se había convertido en la persona que conocía cada miedo, cada alergia y cada pesadilla de mis hijas.
—¿Qué estás insinuando? —pregunté.
—Desaparecen cosas. Pendientes, dinero del cajón, mis perfumes.
—¿Estás acusando a Galina?
—No acuso a nadie. Te aconsejo que abras los ojos.
Luego bajó la voz.
—También está poniendo a las niñas en tu contra.
El cubierto que yo sostenía golpeó el plato.
—¿Cómo puede hacer eso?
—Cuando entras, se quedan calladas. Cuando ella aparece, corren a sus brazos. Sabe demasiado sobre esta familia, Andrés.
Victoria me tocó la muñeca.
—Las personas tranquilas son las que más esconden.
Durante varios días observé a Galina como si estuviera buscando una grieta. La vi preparar el desayuno de Lisa sin preguntarle nada. La vi esperar a Ana junto a la verja de la escuela bajo una lluvia fina. Las niñas se relajaban cuando ella entraba en una habitación.
Antes llamaba a eso cariño.
Después empecé a llamarlo sospecha.
A las diez y cinco, Maxim cerró la puerta de la sala de vigilancia. Más de treinta pantallas iluminaban las paredes. La actualización de seguridad que yo había ordenado meses antes había instalado cámaras ocultas en los espacios comunes, nunca en dormitorios ni baños.
—El sonido también está activo —dijo Maxim—. Todo se está guardando en el servidor.
Me senté frente a los monitores.
—Quiero ver mi casa cuando todos creen que no estoy aquí.
Durante los primeros minutos me sentí ridículo. Galina ordenaba la cocina. El jardinero revisaba los rosales. Ana y Lisa desayunaban en silencio.
Entonces, a las diez y diecisiete, Victoria entró en la sala.
Su rostro cambió en cuanto cerró la puerta.
Ana estaba en la alfombra con un libro. Lisa abrazaba su conejo rojo. Victoria caminó hacia ellas y el sonido de sus tacones pareció llenar toda la habitación.
—¿Cuántas veces tengo que decirles que no quiero verlas tiradas aquí? —espetó.
Las niñas se estremecieron.
No preguntaron por qué. No protestaron. Ana cerró el libro y Lisa bajó la mirada.
Victoria arrancó el conejo de los brazos de la pequeña y lo arrojó al sofá.
—Cuando su padre no esté, aquí se hará lo que yo diga.
Ana acercó la rodilla a la de su hermana.
En ese instante comprendí que aquello no era una sorpresa para ellas. Era una rutina.
Galina apareció en la puerta.
—Solo estaban esperando a la profesora —dijo con calma.
—¿Te pregunté algo? —Victoria giró hacia ella.
—No.
—Entonces recuerda tu lugar. Trabajas aquí. No eres su madre, no eres familia y no eres nadie en esta casa.
Sentí que se me endurecía la mandíbula.
Victoria señaló a las niñas.
—Levántense. No quiero verlas.
Lisa miró el conejo abandonado.
—Quiero mi juguete.
—Primero aprende a obedecer.
La mano de Victoria avanzó hacia su muñeca.
Galina se interpuso.
—No la toque.
Me levanté de golpe, pero antes de llegar a la puerta escuché a Victoria sacar su teléfono.
—Perfecto —dijo—. Llamaré a la policía y diré que me atacaste. Y también le contaré a Andrés que te encontré junto a su caja fuerte. ¿A quién crees que le creerá: a su futura esposa o a una empleada?
—Guarda todo —ordené.
—Ya está grabado —respondió Maxim.
Tomé la tarjeta de acceso de reserva que me ofrecía y abrí la puerta de la sala de vigilancia. Afuera, el pasillo estaba vacío. Dentro, mis hijas lloraban y Victoria seguía hablando con una seguridad que me heló la sangre.
Bajé la mano hacia el picaporte de la puerta principal, decidido a entrar en la casa, pero Maxim me sujetó el brazo.
—Antes de salir, señor, hay algo que debe ver en la cámara del despacho…
—¿Qué puede ser más importante que esto? —susurré, sin apartar los ojos de la pantalla.
Eran las diez y veintidós de la mañana. Maxim volvió a la mesa de controles y abrió una grabación anterior. La imagen mostraba el despacho, tres noches atrás. Victoria entraba sola, miraba hacia la puerta y colocaba una pequeña caja de metal dentro del armario donde yo guardaba los documentos de la familia.
—¿Cuándo ocurrió? —pregunté.
—A las once y cuarenta y ocho de la noche. Usted estaba en el hospital con Lisa.
Sentí un vacío en el estómago.
En la pantalla, Victoria no abrió la caja. Solo dejó dentro un objeto envuelto en una servilleta y cerró el armario. Después observó la cámara situada sobre la biblioteca. No podía verla, pero su expresión me hizo pensar que quizá sospechaba que existía.
—¿Por qué no me lo enseñaste antes?
—Porque la grabación no demostraba qué había dentro. Esperaba encontrar una conexión.
Maxim avanzó hasta otra fecha. Esta vez apareció Galina entrando al despacho con una bandeja de té. Se detuvo frente al armario, escuchó algo en el pasillo y salió sin tocarlo.
—Victoria dijo que la encontró cerca de mi caja fuerte —murmuré.
—La cámara muestra que eso nunca ocurrió.
Un golpe seco nos hizo mirar hacia el pasillo.
A las diez y veinticinco, yo ya estaba en la casa. Maxim caminó detrás de mí con una mano cerca del bolsillo donde llevaba su teléfono. El olor a cera de limón y pan tostado me resultó insoportablemente familiar.
Entramos por la biblioteca.
Desde la sala se escuchó la voz de Victoria.
—Si vuelves a protegerlas, Galina, te irás hoy mismo.
—No puede despedirme por impedir que lastime a una niña —respondió Galina.
—Puedo hacer mucho más que despedirte.
Empujé la puerta.
Victoria se volvió con el teléfono en la mano. Durante un segundo, su rostro quedó completamente vacío. Luego sonrió.
—Andrés. Qué sorpresa.
Galina palideció. Ana agarró a Lisa por los hombros y la pequeña corrió hacia mí, enterrando la cara en mi camisa.
—La reunión terminó antes —dije.
—Me alegra. Pensaba llamarte.
—¿Para contarme que atacaste a Galina?
La sonrisa se le quebró apenas.
—No sabes lo que viste.
—Lo vi todo.
—Las cámaras pueden engañar.
—El sonido también estaba activado.
Victoria miró a Maxim y comprendió que no estábamos improvisando.
—Esto es una trampa —dijo—. Galina te ha manipulado durante años.
—¿Por qué Lisa estaba temblando antes de que aparecieras? —pregunté.
—Porque tus hijas son demasiado sensibles.
Ana levantó la cabeza de mi pecho.
—No fue la primera vez, papá.
Victoria dio un paso hacia ella.
—No inventes historias.
—Ayer rompiste el dibujo de mamá —dijo Ana, con la voz temblorosa—. Dijiste que no tenía derecho a estar en nuestra casa.
El silencio cayó como un objeto pesado.
Galina se arrodilló junto a Lisa y recuperó el conejo rojo del sofá. Una de sus orejas se había desprendido y el hilo amarillo colgaba como una pequeña herida.
—Lo arreglaremos —le prometió.
Victoria se volvió hacia mí.
—Si permites que una empleada ponga a tus hijas en mi contra, nuestra boda termina ahora.
Yo miré a mis hijas. Después miré la costura rota del conejo.
—Quizá sea lo mejor.
Victoria perdió el color.
—¿Me estás dejando por esto?
—Te estoy pidiendo que salgas de mi casa.
—No tienes derecho. Esta casa también será mía.
—Todavía no.
Ella se acercó tanto que pude oler su perfume dulce, el mismo que había desaparecido de mi baño.
—No sabes con quién estás jugando.
—Eso es exactamente lo que intento descubrir.
Victoria tomó su bolso y se marchó golpeando la puerta. Las niñas no se movieron hasta que escucharon el automóvil alejarse.
Maxim esperó a que desapareciera el ruido del motor.
—Hay algo más —dijo.
—Habla.
—La caja del armario no era lo único. Anoche encontré una orden de transferencia preparada desde una de sus cuentas privadas. Está dirigida a una empresa que no existe.
—¿Qué cantidad?
Maxim bajó la mirada.
—La suficiente para vaciar una parte importante de su patrimonio.
En ese momento, el teléfono de Victoria comenzó a sonar dentro del bolso que había dejado sobre la mesa. Ella lo había olvidado deliberadamente o por accidente. La pantalla mostraba una llamada de un número sin nombre.
Contesté.
Al otro lado, una voz masculina preguntó:
—¿Ya le contó Victoria que las niñas no son las únicas personas que corren peligro?…
PARTE 3
La voz del teléfono repitió la pregunta, más despacio, como si supiera que yo estaba escuchando.
—¿Quién habla? —pregunté.
—Aléjese de Victoria. Ella no está actuando sola.
—Dígame su nombre.
La llamada terminó.
Eran las diez y cuarenta de la mañana. Lisa estaba sentada en el borde del sofá, aferrada al conejo con la oreja rota. Ana permanecía junto a Galina, observando el teléfono como si acabara de ver aparecer un fantasma.
—Maxim, bloquea las salidas y llama a la policía —dije.
—¿Y Victoria?
—Todavía está dentro de la propiedad.
La encontramos en el garaje, junto a su automóvil. Tenía una mano sobre la puerta y la otra sostenía una carpeta de cuero.
—No puedes retenerme —dijo.
—No quiero retenerte. Quiero saber qué hay en esa carpeta.
Victoria se rio, pero el sonido le salió débil.
—¿Ahora también vas a registrar mis cosas?
—Después de lo que vi, sí.
Maxim tomó la carpeta. Victoria intentó arrebatársela, pero él fue más rápido. Dentro había copias de mis documentos financieros, fotografías de mis hijas saliendo de la escuela y una escritura de compraventa con una firma que no era la mía.
Sentí que el suelo se inclinaba.
—¿Qué es esto?
Victoria miró a otro lado.
—Papeles de la boda.
—La boda no necesita fotografías de mis hijas ni una venta de mi casa.
Galina dio un paso atrás.
—Señor, revise el bolsillo interior.
Maxim sacó la caja de metal que habíamos visto en la grabación. La abrí con la llave que encontré pegada bajo la carpeta.
Dentro había una memoria pequeña, dos frascos sin etiqueta y varias hojas dobladas.
—Esto no es mío —dijo Victoria—. Alguien quiere incriminarme.
—Entonces no te importará que lo examinemos —respondí.
A las once y veinte, un especialista en seguridad llegó a la casa acompañado por una agente. Conectó la memoria al ordenador de la biblioteca. Aparecieron archivos de audio y fotografías tomadas dentro de mi despacho.
La primera grabación tenía fecha de seis semanas atrás.
Se escuchó la voz de Victoria.
—Cuando Andrés se case conmigo, las niñas irán a un internado. La casa será demasiado grande para tres personas.
Otra voz masculina respondió:
—Primero consigue que Galina parezca peligrosa. Si él la despide, las niñas quedarán aisladas.
Reconocí la voz.
Era Sergio, el abogado que Victoria me había recomendado para preparar el acuerdo matrimonial.
Lisa empezó a llorar.
Victoria se quedó inmóvil.
—Eso está editado —susurró.
La agente abrió el segundo archivo. Allí estaba Victoria hablando con Sergio sobre una transferencia, una póliza de seguro y una cláusula que le concedería el control temporal de mis bienes si yo sufría un accidente antes de la boda.
—No quería matarte —dijo Victoria de repente—. Solo necesitaba que dejaras de estorbar.
Nadie respiró.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
Ella miró los frascos de la caja.
—No eran para las niñas.
—¿Para quién?
—Para ti. Para que parecieras agotado, confundido. Sergio dijo que un informe médico podía cambiarlo todo.
La agente se puso de pie.
—Victoria Salvatierra, queda detenida por tentativa de fraude, amenazas y administración de sustancias sin consentimiento. Todo lo que diga quedará registrado.
Victoria se volvió hacia mí, desesperada.
—Andrés, yo te amaba.
—No. Amabas lo que creías que podrías controlar.
Le colocaron las esposas. Ana cerró los ojos y abrazó a Lisa. Galina lloraba en silencio, con el conejo rojo entre las manos.
Creí que la pesadilla terminaba allí.
Entonces el teléfono de la biblioteca volvió a sonar.
Era el mismo número desconocido.
Contesté.
—Ya escuchaste la verdad —dijo la voz—, pero Victoria no es el peligro principal. Mira el nombre de la persona que firmó la póliza de tus hijas…
Maxim sacó el documento de la carpeta y lo extendió sobre la mesa.
El nombre que apareció debajo de la firma no era el de Victoria.
Era el mío…
La firma que apareció en la póliza no era un accidente…
Creí que ya conocía toda la verdad. Pero el último documento convirtió la traición en algo mucho más peligroso.
“Aquí se hará lo que yo diga.”
Y por fin dejó de poder esconderse de ella.
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