La hoja de ocho pulgadas quedó suspendida entre nosotros mientras Cora me miraba como si yo fuera otro vegetal difícil de cortar.
La cocina olía a nabos, leña húmeda y café demasiado tostado. Sobre la repisa, mi lata de café abollada, pintada con una pequeña estrella roja, vibraba cada vez que el viento golpeaba las paredes de la cabaña. Era lo único que había conservado de mi madre, y durante siete años nadie había tocado nada en aquel lugar sin que yo lo notara.
—¿Qué vas a hacer con eso? —preguntó Cora.
—Demostrarte cómo se usa un cuchillo.
—¿Para cocinar?
—Para no destrozar la comida.
Ella dejó el nabo sobre la tabla y se cruzó de brazos.
—Entonces demuestra, Wyatt. Pero intenta no asesinarme en el proceso.
No recordaba la última vez que alguien me había hablado así. Tal vez por eso no pude apartar los ojos de ella. Tenía un mechón oscuro pegado a la mejilla por el sudor y una pequeña cortada en el nudillo. Había llegado a la montaña hacía menos de un día y ya había convertido mi cocina en un campo de batalla.
Tomé el nabo, lo sujeté con la palma y lo corté en rodajas finas. Cora observó cada movimiento.
—Eso no alimentará a un hombre que trabaja desde el amanecer.
—Un hombre que trabaja desde el amanecer también debería saber afilar sus herramientas.
Levanté la mirada.
—¿Siempre discutes tanto?
—Solo cuando tengo razón.
Su respuesta me golpeó con más fuerza que cualquier tormenta. Me incliné sobre la mesa, apoyando el cuchillo junto a mi mano.
—Te pagué para que vinieras aquí.
El color abandonó su rostro, pero no retrocedió.
—Pagaste a una agencia para que me trajera. No compraste mi silencio.
La frase quedó entre los dos, afilada como la hoja.
A las seis de la tarde, ella salió de la cocina sin cenar. La encontré en el porche, remendando una manga con hilo marrón mientras el cielo se volvía violeta sobre los pinos. El frío le enrojecía las orejas, aunque se negaba a ponerse mi abrigo.
—No tienes que demostrarme nada —dije.
—Eso es interesante. Hasta ahora pareces haber esperado que demostrara que podía respirar y caminar.
—No sé vivir con otra persona.
—Yo tampoco sé vivir con un hombre que deja un rifle encima de la mesa.
Quise responder, pero tosí. El dolor de mi pierna rota, aquella que casi me había matado el invierno anterior, subió desde la rodilla hasta la cadera. Cora lo vio.
—Siéntate.
—Estoy bien.
—Wyatt.
Fue la primera vez que dijo mi nombre sin sarcasmo. Me senté.
Ella entró, volvió con un paño caliente y se arrodilló frente a mí. Sus dedos rozaron mi bota embarrada. Me quedé rígido, sintiendo algo que no tenía relación con el fuego.
—No necesito una enfermera —murmuré.
—Qué suerte. No vine para serlo.
—¿Entonces para qué viniste?
Cora apretó el paño contra mi rodilla y me miró a los ojos.
—Para escapar de un hombre que quería decidir cada cosa por mí. No pienso cambiarlo por otro.
Aquella noche dormimos en habitaciones separadas. Oí sus pasos sobre el suelo, el crujido de los tablones y el golpeteo de su aguja contra el dedal. Cuando por fin el silencio llenó la cabaña, me levanté para asegurar la puerta.
Entonces vi algo en el suelo, junto a la alacena.
Un sobre con el sello de la agencia matrimonial.
Cora estaba detrás de mí. Su mano avanzó hacia él, pero antes de que pudiera recogerlo, tres golpes secos sacudieron la puerta…
PARTE 2
Tres golpes secos. Después, nada.
Cora y yo permanecimos inmóviles en la cocina, escuchando cómo el viento arrastraba ramas contra el techo. Mi mano encontró el mango del revólver, pero ella me sujetó la muñeca.
—No abras.
—Si alguien ha subido hasta aquí de noche, no viene a venderme botones.
—Precisamente por eso no abras.
Afuera, una voz masculina atravesó la madera.
—Wyatt Hale. Vengo de parte del alguacil.
Conocía aquella voz. Elias Rusk, el encargado de cobrar deudas en el valle. Un hombre que sonreía mientras contaba las costillas de quien no podía pagar.
—¿Qué quieres? —grité.
—Una conversación.
—Mañana.
—No. Esta noche.
Cora miró el sobre del suelo. Su expresión había cambiado. Ya no parecía irritada; parecía asustada, aunque hacía un esfuerzo feroz por ocultarlo.
—¿Qué hay ahí? —pregunté.
—No lo sé.
—Está dirigido a ti.
—Lo sé.
—¿Y no pensabas mencionarlo?
—Pensaba hacerlo cuando supiera si ibas a escucharme.
Rusk golpeó la puerta con el puño.
—La mujer que llegó hoy no es asunto tuyo, Wyatt. Entrégamela y la deuda queda saldada.
Sentí que la sangre me ardía bajo la piel.
—Cora no es una deuda.
—Todo tiene un precio en esta montaña.
Deslicé el rifle desde debajo de la mesa y apunté hacia la puerta.
—Baja del porche.
Rusk soltó una risa.
—Lee la carta antes de hacerte el héroe.
Sus pasos se alejaron sobre la nieve. No disparé. Esperé hasta que el sonido desapareció entre los árboles.
A la mañana siguiente, a las siete, encontré huellas alrededor de la cabaña. Tres hombres. Uno había pasado junto a la ventana de Cora. El otro había cortado la cuerda del cobertizo.
—Puedes marcharte —le dije mientras llenaba dos tazas—. Te llevaré al pueblo.
—¿Y luego?
—Luego decides qué hacer.
—¿Y tú?
—Yo me ocuparé de Rusk.
Cora tomó la taza. El borde estaba astillado y sus dedos temblaron apenas.
—No voy a huir porque un hombre me lo ordene.
—No te estoy ordenando nada.
—Me estás ofreciendo una puerta mientras sostienes un arma.
Aquello me dejó sin respuesta.
Al mediodía bajamos al pueblo. La nieve nos llegaba a los tobillos y el caballo resoplaba nubes blancas. En la oficina de correos, el empleado dejó de sonreír cuando vio a Cora.
—La carta llegó hace tres días —dijo—. Rusk preguntó por ella.
—¿Quién la envió? —pregunté.
El hombre miró hacia la calle.
—No puedo decirlo.
Cora apoyó ambas manos sobre el mostrador.
—Puede decirlo o puedo hacer que el alguacil sepa que abrió correspondencia ajena.
El empleado tragó saliva y señaló una libreta.
—La agencia recibió el pago de un tal Silas Bell.
Ese nombre me era familiar. Demasiado.
Silas Bell había sido el dueño de la mina abandonada y el hombre que, siete años antes, había denunciado que yo robaba mineral de sus tierras. Por su culpa me habían expulsado del valle. Por su culpa había terminado solo en la montaña.
En la pensión, Cora abrió por fin el sobre. Dentro había una hoja doblada y una fotografía pequeña. La imagen mostraba a una mujer joven frente a una casa blanca. En sus brazos sostenía a un bebé.
Cora palideció.
—¿La conoces? —pregunté.
—Es mi hermana, Nora.
—¿Y el niño?
Ella cerró los ojos.
—Mi sobrino. Desapareció hace seis años.
La puerta de la habitación se abrió de golpe. Rusk estaba allí, con dos hombres detrás.
—Se acabó el viaje, señora —dijo—. El patrón quiere que vuelva con usted antes del anochecer.
Me puse delante de Cora.
—Tendrás que pasar por mí.
Rusk sonrió y sacó una orden doblada de su bolsillo.
—Eso pensaba hacer. Pero antes, tu esposa va a escuchar lo que realmente dice su contrato…
PARTE 3
Rusk extendió la orden sobre la mesa de la pensión. El papel olía a humedad y tenía una mancha de cera en una esquina.
—Cora Bennett —leyó—, obligada a presentarse ante la agencia por incumplimiento de deuda y falsedad de identidad.
—Eso es una mentira —dijo ella.
—Tu nombre verdadero no es Cora Bennett.
Los dos hombres cerraron la puerta. Yo sentí el viejo dolor de la pierna, pero esta vez no cedí.
—Salgan de aquí —dije.
Rusk se rio.
—Lee el sobre, Wyatt. Ya que te gusta protegerla, descubre de quién la proteges.
Cora sacó la hoja doblada de su bolsillo. La había guardado desde la oficina de correos. Sus manos estaban tan tensas que el papel crujía.
—Me llamo Clara Bell —dijo.
El apellido cayó como una piedra.
—¿Bell? —pregunté.
—Silas Bell es mi padre.
Rusk sonrió, convencido de haber ganado.
—Y tú, Wyatt, eres el hombre al que él echó de sus tierras. La agencia recibió cincuenta dólares para enviarte a su hija. Tu matrimonio debía darte una mujer que vigilara la cabaña, encontrara tus papeles y te entregara a las autoridades.
Miré a Cora. O Clara. La mujer que había afilado mi rabia junto con mis cuchillos.
—¿Es verdad?
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero su voz no se quebró.
—Al principio, sí.
Rusk se inclinó hacia mí.
—Tu antiguo patrón cree que aún guardas el libro de cuentas de la mina. El libro que demuestra que él robó a todos los trabajadores y provocó el derrumbe que mató a tu hermano.
No respiré.
Durante siete años había creído que el derrumbe había sido un accidente. Silas había jurado que mi hermano Tomás trabajaba fuera del túnel cuando la montaña se vino abajo.
—¿Dónde está el libro? —preguntó Rusk.
Cora se acercó a mí.
—No lo sé.
—Lo sabes —dije.
—Sé que mi padre lo buscó durante años. Sé que amenazó a mi madre. Sé que Nora encontró una copia y desapareció con su hijo. Sé que me obligó a entrar en esa agencia para enviarme hasta aquí.
Rusk levantó el arma.
—Última oportunidad.
En ese instante comprendí por qué Cora había limpiado la cocina, tocado mi rifle y observado cada rincón. No buscaba el libro para entregarlo. Lo buscaba porque quería encontrar a Nora.
—La lata —susurró ella.
Miré la pequeña lata de café abollada que había dejado en mi bolsillo aquella mañana. La estrella roja de la tapa estaba casi borrada.
Recordé a Tomás, siete años atrás, sangrando junto al túnel. Antes de morir me había entregado aquella lata y dicho que no la abriera hasta estar lejos de Bell. Yo nunca lo hice.
La saqué.
Rusk avanzó.
—Dámela.
—No —respondí.
Cora se lanzó contra la lámpara. La habitación quedó a oscuras. Se oyó un disparo, un grito y el golpe de una silla contra el suelo. Cuando encendí una cerilla, Rusk estaba desarmado y Cora sostenía su propia pistola contra él.
Dentro de la lata había una llave, una página arrancada del libro de cuentas y una dirección escrita con la letra de Tomás.
Nora seguía viva.
Y estaba en la mina.
Pero antes de que pudiéramos salir, el teléfono de la pensión comenzó a sonar. Era una línea que solo usaba el alguacil. Cora contestó, escuchó unos segundos y dejó caer el auricular.
—Wyatt —susurró—, mi padre acaba de llegar a la montaña con veinte hombres. Y sabe que encontramos la llave…
La voz del pasado volvió a sonar bajo la montaña…
Yo creía que la verdad nos daría libertad inmediata. Me equivocaba. Lo que ocurrió después cambió para siempre lo que Cora y yo entendíamos por hogar.
“No vuelvas a salvarme de las consecuencias de mis decisiones.”
Y comprendí que por fin estaba eligiendo quedarse.
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