Encontré a Dominic Rossi empapado en su propia sangre y, cuando le dije que no pensaba marcharme, su mano buscó el arma bajo la almohada.
La lluvia golpeaba los ventanales de la mansión como si quisiera entrar. Yo acababa de cruzar las puertas dobles con mi bolso de lona colgado del hombro y un reloj de bolsillo de latón apretado en la mano. Había pertenecido a mi madre. La tapa tenía una grieta diminuta y, cada vez que yo tomaba el pulso de un paciente, la abría por costumbre.
Dominic me miró desde la cama.
—Sal de aquí.
Su voz era ronca, casi un susurro, pero no sonaba débil. Sonaba acostumbrada a que el mundo obedeciera.
—No puedo.
—Todos pueden salir.
—Yo no. Tengo el alquiler vencido y tres facturas pegadas en la nevera.
Durante un segundo, algo parecido a la sorpresa cruzó su rostro. Después desapareció.
La habitación olía a desinfectante, sudor y hierro. Las sábanas blancas estaban empapadas alrededor de su hombro derecho. La venda se había soltado y la piel, caliente y roja, mostraba signos claros de infección.
—Necesito revisar la herida —dije.
—Necesitas hacer lo que te ordeno.
—Eso también incluye dejar que muera sentado en su propia sangre.
El músculo de su mandíbula se contrajo.
Me acerqué. En la mesilla había un vaso de agua intacto, una pistola negra y seis frascos de medicamentos. Ninguno tenía la etiqueta visible. El reloj de latón marcó las nueve y diecisiete cuando apoyé dos dedos en su muñeca.
Su pulso era demasiado rápido.
—No me toques —gruñó.
—Entonces deje de sangrar.
—¿Sabes quién soy?
—Un hombre con fiebre.
La puerta se abrió de golpe. Leo, el administrador de la casa, apareció con el rostro tenso.
—Señor Rossi, la enfermera no puede hablarle así.
—La enfermera se queda —dijo Dominic.
Leo parpadeó.
—¿Está seguro?
—He dicho que se queda.
Leo me miró como si acabara de aceptar un trabajo en una jaula con el animal dentro.
—Las otras seis renunciaron esta semana —murmuró—. Una terminó con doce puntos. Otra con la muñeca rota.
—Entonces procuraré no lanzarle lámparas —respondí.
Dominic soltó una risa seca, que se convirtió en un gesto de dolor. Su mano fue hacia el costado izquierdo. No era el hombro lo que más le dolía.
—¿Dónde está la bala? —pregunté.
—No hagas preguntas.
—No le pregunté quién disparó. Le pregunté si aún tenía la bala dentro.
Leo cerró la puerta detrás de sí.
Dominic apartó la sábana con brusquedad. Bajo las costillas había una segunda herida, pequeña, cubierta por una compresa amarillenta.
—Eso no aparece en el informe —dije.
—Porque no hay informe.
El aire pareció enfriarse.
—¿Quién lo curó?
—Yo mismo.
—Con fiebre de cuarenta grados y una venda sucia.
—No necesito que me salves.
—No. Necesita que alguien impida que lo entierren.
Sus ojos oscuros se clavaron en los míos. Había furia, pero también agotamiento. Un agotamiento tan profundo que por un instante vi a un hombre, no al monstruo del que todos hablaban.
Preparé el material sobre una mesa de nogal. Al levantar uno de los frascos, noté un polvo blanco pegado al borde de la tapa. No era un antibiótico. Lo reconocí por el olor amargo.
—¿Quién le dio esto?
Dominic se incorporó demasiado rápido.
—Deja el frasco.
—Esto no pertenece a su tratamiento.
—He dicho que lo dejes.
El reloj de latón se me resbaló de la mano y cayó sobre el suelo. El sonido metálico retumbó en la habitación.
Dominic miró el reloj.
No al reloj en sí, sino a la inscripción grabada en la tapa: Para que recuerdes que cada segundo cuenta.
Su expresión cambió.
—¿Quién era tu madre?
Antes de que pudiera responder, se oyó un golpe al otro lado de la puerta. Después, la voz de un hombre.
—Señor Rossi, el abogado ha llegado. Trae la carpeta que pidió.
Dominic no apartó la vista de mí.
—Nora, toma mi reloj y mételo en tu bolsillo.
—¿Por qué?
—Porque si te preguntan, no lo has visto.
La manija comenzó a girar lentamente. Dominic extendió la mano hacia la carpeta que alguien estaba deslizando por debajo de la puerta…
PARTE 2
La carpeta quedó a mitad de camino bajo la puerta cuando Dominic me agarró de la muñeca.
—No la toques —susurró.
Su piel ardía. El reloj de latón pesaba dentro de mi bolsillo como una piedra.
—Acaba de decirme que escondiera su reloj. Ahora me dice que no toque la carpeta. ¿Hay alguna instrucción que no implique ponerme en peligro?
—Sí. Sobrevive hasta el amanecer.
La puerta se abrió antes de que pudiera contestar. Un hombre de traje azul entró con un paraguas cerrado y una sonrisa demasiado limpia. Lo reconocí por las fotografías que Leo había evitado mostrarme: Matteo Rossi, hermano menor de Dominic y abogado de la familia.
—Veo que las enfermeras duran cada vez menos —dijo Matteo.
—Esta no es una enfermera cualquiera —respondió Dominic.
Matteo observó el vendaje, luego el frasco abierto sobre la mesa.
—¿Ha tomado la medicación?
—No —dije—. La medicación estaba contaminada.
La sonrisa se le borró apenas un milímetro.
—Qué acusación tan grave para alguien que lleva aquí menos de una hora.
—Qué manera tan extraña de preocuparse por un paciente.
Dominic tosió. La tos terminó en sangre sobre el pañuelo.
Me arrodillé frente a él.
—Necesita un hospital.
—No —dijo Matteo.
—No le preguntaba a usted.
—Este hombre no puede salir de la propiedad.
—Entonces llamo a una ambulancia.
Matteo avanzó hacia mí. El tacón de su zapato golpeó una astilla del suelo y la hizo girar bajo la luz gris.
—Si llama a alguien, su hermano será el responsable de todo lo que ocurra después.
Dominic levantó los ojos.
—Sal de mi habitación, Matteo.
—El consejo se reúne a las seis de la mañana. Si no firmas la transferencia, perderás el control de las empresas.
—No firmaré nada.
—No estarás en condiciones de decidir.
El silencio que siguió fue más amenazante que cualquier grito.
Matteo salió. Leo cerró con llave.
—¿Por qué puede entrar aquí? —pregunté.
—Porque es familia —dijo Leo.
—Eso no responde nada.
—En esta casa, a veces responde demasiado.
A las diez y cinco, lavé la herida del hombro. Dominic apretó los dedos contra las sábanas mientras yo retiraba el tejido muerto. No gritó. Solo respiraba como si cada inhalación le costara una deuda.
—¿Quién disparó? —pregunté.
—Alguien que llevaba mi anillo.
—¿Y la segunda herida?
—Alguien que quería asegurarse de que no hablara.
—¿Sobre qué?
Me miró.
—Sobre tu madre.
El reloj de latón se abrió dentro de mi bolsillo. Yo no lo había tocado.
—Mi madre murió hace ocho años.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque ella trabajó para mi familia.
Sentí que la habitación se inclinaba.
Mara Hayes había sido enfermera nocturna en una clínica que atendía a ricos y criminales sin hacer preguntas. Siempre había dicho que su último paciente importante fue un hombre que no quiso pagarle. Dos semanas después la despidieron. Un mes después apareció muerta en un accidente de coche.
—Mi madre nunca mencionó su nombre.
—Mi padre compró su silencio.
—¿Y usted?
Dominic apartó la mirada.
—Yo era demasiado joven para impedirlo.
A las once y media, alguien cortó la electricidad. La mansión quedó negra. Leo corrió hacia el pasillo y se oyó el chasquido de un interruptor inútil.
—Hay alguien en la casa —dijo.
Dominic intentó levantarse.
—Quédate acostado —ordené.
—No me des órdenes.
—Entonces considérelo una petición desesperada.
Un crujido sonó detrás de las cortinas.
Tomé las tijeras de la bandeja. Dominic alcanzó la pistola.
La cortina se movió.
Un hombre saltó desde el balcón y se lanzó sobre la cama. Dominic disparó una vez. El intruso cayó contra la alfombra, pero antes de perder el conocimiento murmuró:
—El segundo archivo está en la clínica… donde murió Mara Hayes.
Leo encendió una linterna. El hombre llevaba una pulsera de cuero con un pequeño emblema de la familia Rossi.
Dominic se quedó pálido.
—¿Qué segundo archivo? —pregunté.
Él miró hacia la carpeta bajo la puerta.
—El que demuestra que mi hermano no intentaba matarme a mí.
—¿A quién intentaba matar?
Dominic cerró los ojos, como si acabara de comprender que ya no podía protegerme con silencios.
—A tu madre. Y ahora sabe que tú tienes su reloj…
PARTE 3
—A tu madre. Y ahora sabe que tú tienes su reloj…
La frase quedó suspendida mientras la lluvia golpeaba el cristal. Leo inmovilizó al intruso con una cuerda, pero no apartaba los ojos de Dominic.
—¿Qué contiene ese reloj? —preguntó.
Dominic respiró con dificultad.
—Una memoria diminuta. Mara la escondió en el mecanismo antes de morir.
Abrí la tapa. La grieta del latón se separó con un clic que nunca había oído. Dentro había un compartimento estrecho y una pequeña tarjeta de memoria envuelta en papel encerado.
—¿Mi madre dejó esto?
—Ella descubrió que mi padre y Matteo desviaban dinero de la fundación médica —dijo Dominic—. También descubrió que usaban la clínica para lavar dinero y eliminar a quienes podían denunciarlos.
—¿Y usted lo sabía?
—Lo sospechaba. No tenía pruebas.
Leo se acercó con un ordenador portátil.
—La tarjeta puede estar dañada.
—Pruébala —dije.
Mis manos temblaban tanto que casi dejé caer el reloj. La pantalla tardó unos segundos en iluminarse. Solo había un archivo de audio y tres documentos escaneados.
Pulsé el primero.
La voz de mi madre llenó la habitación.
—Si estás escuchando esto, significa que no pude entregar las pruebas. Dominic no es responsable. Intentó ayudarme, pero su hermano nos descubrió.
Sentí que las rodillas dejaban de sostenerme.
La grabación continuó.
—Matteo falsificó las cuentas y ordenó que me asustaran. Dijo que solo quería recuperar los documentos. Después recibí amenazas de muerte. Si algo me ocurre, la transferencia de la clínica, los pagos y los nombres están en el segundo archivo.
Dominic bajó la cabeza.
—Yo la encontré dentro de su coche —dijo—. Aún respiraba. La llevé a la clínica, pero Matteo ya había comprado al médico de guardia.
—¿Y me dejó creer que había sido un accidente?
—Intenté protegerte.
—No. Intentó proteger su culpa.
Leo abrió los documentos. Allí estaban las cuentas, los nombres de empresas falsas y las grabaciones de cámaras de la noche en que murió mi madre. Una de ellas mostraba a Matteo entrando en el estacionamiento. La otra lo mostraba saliendo veinte minutos después, con el coche de Mara.
La puerta se abrió.
Matteo estaba allí, empapado, con un revólver en la mano.
—Apaga eso —ordenó.
Nadie se movió.
—Matteo —dijo Dominic—, ya terminó.
—Todavía no.
Me apuntó a mí.
El reloj de latón seguía abierto sobre la mesa. La voz de mi madre repetía una frase en el fondo: “No confíes en la sonrisa de Matteo”.
—Entrégame la tarjeta, Nora.
—No.
—Tu madre también dijo que no.
Dominic se lanzó hacia él. El disparo rompió la lámpara. Leo golpeó la muñeca de Matteo y el arma cayó al suelo. Yo retrocedí, con la tarjeta apretada contra el pecho.
Matteo huyó por el pasillo. Dominic intentó seguirlo, pero cayó de rodillas.
—No puede moverse —dije.
—Entonces llama a la policía —jadeó.
—¿A la policía que él compró?
—A la que está escuchando desde hace tres minutos.
Leo señaló el ordenador. Una luz roja parpadeaba junto a la cámara.
—La fiscalía recibió la transmisión —explicó—. El segundo archivo ya está fuera de esta casa.
Entonces sonó el teléfono de Dominic.
Él contestó.
Su rostro perdió todo color.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Dominic escuchó en silencio. Después miró la pantalla, donde acababa de llegar un mensaje con una fotografía de mi pequeño apartamento.
—Matteo no está huyendo —dijo—. Ha ido por la única persona que puede destruir las pruebas originales…
La voz de Matteo quedó grabada para siempre…
Yo creía que la verdad terminaría aquella noche. Pero solo estaba a punto de abrir la puerta de todo lo que habíamos perdido.
El último paso no fue vengarme, sino dejar de cargar con su silencio.
«Sonaba exactamente así.»
Y por primera vez no intentó justificarse.
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