La lámpara voló junto a mi cabeza y se estrelló contra la pared, mientras Dominic Rossi me miraba como si acabara de firmar mi sentencia de muerte.
—Te dije que salieras —gruñó.
—Y yo le dije que no.
El silencio que siguió fue tan pesado que escuché el agua golpeando los cristales del dormitorio. Una gota de sangre cayó desde la venda de su hombro hasta la sábana blanca. Dominic bajó la vista hacia ella, casi con indiferencia.
Yo no.
—Si sigue perdiendo sangre, morirá antes del amanecer.
—Entonces tendrás una noche tranquila.
—No cobro por mirar morir a la gente.
Sus ojos oscuros se clavaron en mí. Tenía fiebre, pero aún conservaba una autoridad capaz de hacer retroceder a cualquier hombre. Yo había visto ese tipo de mirada en pacientes que llegaban a urgencias rodeados de guardaespaldas y secretos. La diferencia era que Dominic no tenía a nadie intentando salvarlo.
Todos parecían esperar que muriera.
Me acerqué a la cama y abrí mi bolsa de lona. El cierre estaba roto en un extremo y tuve que sujetarlo con los dientes. En la cremallera colgaba el pequeño dedal de esmalte rojo que había pertenecido a mi madre. Lo llevaba desde que ella murió, como si aquel objeto diminuto pudiera impedir que yo también me deshilachara.
Dominic lo observó.
—¿Eso es todo lo que traes?
—Además de mis manos, mis conocimientos y una paciencia limitada, sí.
—Las otras enfermeras tenían mejores credenciales.
—Las otras enfermeras no están aquí.
Su mandíbula se tensó.
Le retiré la manta. El vendaje estaba empapado y olía a metal caliente. La piel alrededor de la herida se había vuelto roja, hinchada, brillante. Al tocar el borde de la gasa, Dominic me agarró la muñeca.
Su mano estaba ardiendo.
—No me toques.
—Si quiere quejarse, espere a que termine.
—¿No tienes miedo?
Sentí miedo. Muchísimo. Pero el lunes vencía el alquiler, mi cuenta bancaria tenía treinta y siete euros y el propietario ya había dejado dos mensajes con voz de amenaza.
—El miedo no paga facturas.
Por primera vez, algo parecido a la sorpresa cruzó su rostro.
Afuera, un trueno hizo vibrar los ventanales. Dominic aflojó lentamente los dedos y me soltó.
Mientras cortaba la venda, vi una marca violácea bajo sus costillas. No parecía causada por una bala. Parecía una quemadura reciente, circular, como la huella de una pieza metálica.
—¿Quién le hizo esto?
—Regla número uno —dijo él—. No preguntas.
—Entonces no responda.
La herida profunda estaba infectada. Preparé una inyección, limpié la sangre y le expliqué cada paso. Él no apartó la mirada de mí ni una sola vez. Cuando la aguja entró, ni siquiera parpadeó.
—¿Por qué dejó que las otras se fueran? —pregunté.
—Porque no entendían la palabra no.
—Usted confunde obediencia con cuidado.
—Y tú confundes valentía con estupidez.
—Puede ser. Pero sigo siendo la única persona en esta habitación intentando mantenerlo vivo.
Algo golpeó el pasillo.
Dominic levantó la cabeza.
Yo también.
La puerta estaba cerrada, pero una sombra acababa de deslizarse bajo ella. Después sonaron tres golpes lentos. No eran los de Leo. Dominic buscó con la mano el arma que descansaba junto a la almohada y su rostro, ya pálido por la fiebre, se volvió aún más frío.
—Nora —susurró—, apaga la luz y métete debajo de la cama.
—¿Qué ocurre?
—Hazlo ahora.
La manija comenzó a girar. Dominic levantó el arma con el brazo sano, mientras yo extendía la mano hacia la carpeta de documentos que alguien había dejado sobre la mesa de noche…
PARTE 2
…pero antes de tocar la carpeta, la puerta se abrió de golpe.
Leo apareció en el umbral con una pistola en la mano y el rostro desencajado.
—Baje el arma, señor Rossi. Soy yo.
Dominic no obedeció.
—¿Quién estaba detrás de la puerta?
—Nadie.
—Vi una sombra.
Leo miró el suelo y luego me miró a mí. Bajo la mesa había una pequeña mancha de barro fresco, como la marca de una bota que hubiera permanecido allí unos segundos.
Yo sentí que el estómago se me cerraba.
—No ha sido el viento —dije.
Leo cerró la puerta con cuidado.
—La tormenta está golpeando toda la casa.
—La tormenta no deja barro en un pasillo cerrado —respondí.
Dominic me estudió durante un instante.
—¿Qué viste?
—Una sombra. Y alguien escuchó nuestra conversación.
Leo palideció apenas, pero fue suficiente.
Dominic lo notó.
—Llama a los hombres de la entrada.
—Las líneas están cortadas.
—Entonces usa un vehículo.
—Las puertas del garaje no responden.
El generador rugió en algún lugar del sótano y las luces parpadearon. El pequeño dedal rojo de mi cremallera chocó contra el metal de la bolsa, produciendo un sonido seco, casi infantil, en medio de aquel dormitorio lleno de armas.
Dominic volvió a mirar el objeto.
—¿De dónde lo sacaste?
—Era de mi madre.
—¿Cómo se llamaba?
La pregunta me molestó.
—Elena Hayes. Murió hace ocho años. ¿Por qué?
Su expresión cambió de una forma que no pude interpretar.
—No es nada.
—Usted no mira nada de esa manera.
Leo dio un paso hacia la mesa y tomó la carpeta. Dominic apuntó el arma hacia él.
—Déjala.
—El médico debe revisarla —dijo Leo.
—El médico no viene.
—Entonces tenemos un problema.
—Ya lo tenemos.
El teléfono de Leo vibró. Él lo sacó del bolsillo, leyó el mensaje y lo apagó sin contestar. Ese gesto me provocó una inquietud más profunda que la pistola.
—¿Quién era? —pregunté.
—Nadie importante.
—En esta casa, cuando alguien dice eso, suele ser exactamente lo contrario.
Dominic extendió la mano.
—Dame el teléfono.
Leo no se movió.
Por primera vez, vi a dos hombres que no confiaban el uno en el otro.
La fiebre hacía que Dominic respirara con dificultad. Me arrodillé junto a la cama y comprobé su pulso. Era rápido, irregular. Necesitaba antibióticos por vía intravenosa y una intervención quirúrgica. Sin embargo, no podía trasladarlo con alguien rondando la mansión.
—Si quiere vivir, tiene que contarme lo que pasó —dije.
—Me dispararon.
—Eso ya lo sé.
—Entonces sabes suficiente.
—No. Sé que la bala entró por delante, pero la marca bajo sus costillas indica que alguien presionó un objeto caliente contra usted. Sé que la herida fue abierta después del disparo y que alguien intentó retirar algo.
Leo dejó caer la mirada.
Dominic se quedó inmóvil.
—¿Qué estás diciendo?
—Que no fue un simple ataque. Alguien buscaba algo dentro de su cuerpo.
Él apretó la sábana hasta arrugarla.
—¿Encontraste alguna pieza?
—No. Pero encontré una cicatriz reciente junto a la herida.
Dominic respiró hondo. Luego señaló la carpeta.
—Ábrela.
—¿Qué contiene?
—La razón por la que seis enfermeras renunciaron.
—¿Porque usted las asustó?
—Porque ninguna quiso escuchar la verdad.
Cogí la carpeta. El papel superior tenía mi nombre escrito a mano.
Nora Hayes.
Debajo había una fecha de hacía diecisiete años y una firma que reconocí de inmediato. Mi padre había muerto en prisión cuando yo tenía nueve años. Durante toda mi vida me dijeron que había robado dinero de los Rossi.
Dominic vio mi rostro.
—Tu padre no era un ladrón.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
—No vuelva a hablar de él.
—Si quieres saber quién lo convirtió en uno, tendrás que leer hasta el final.
En ese momento, las luces se apagaron por completo. Leo giró hacia la ventana. En la montaña, dos faros avanzaban lentamente por el camino privado.
Dominic puso el arma en mi mano.
—Si entran, no confíes en nadie.
—¿Ni siquiera en usted?
—Sobre todo en mí.
Los motores se detuvieron frente a la casa. Después alguien golpeó la puerta principal con una fuerza que hizo temblar los cuadros.
Leo susurró un nombre.
Dominic cerró los ojos, como si acabara de reconocer la voz del otro lado.
—Matteo —dijo—. Ha venido a terminar el trabajo…
PARTE 3
…y al oír aquel nombre, Dominic me arrebató el arma de las manos.
—Quédate detrás de mí.
—Con ese hombro no puede proteger ni una puerta.
—No discutas.
—Entonces deje de ocultarme cosas.
En el vestíbulo, los golpes volvieron a sacudir la mansión. Leo bajó las escaleras con la pistola levantada, pero Dominic le ordenó detenerse. Yo permanecí junto a la cama, con el dedal rojo golpeándome el pecho cada vez que respiraba.
—¿Matteo es su hermano? —pregunté.
Dominic no respondió.
—¿Fue él quien le disparó?
—Sí.
La palabra cayó entre nosotros como una piedra.
—¿Y mi padre?
Dominic miró la carpeta.
—Samuel Hayes descubrió que Matteo desviaba dinero de las empresas familiares. Reunió pruebas y quiso entregármelas. Matteo se adelantó. Falsificó las cuentas, compró a un fiscal y convirtió a tu padre en el culpable.
—Mi padre murió diciendo que era inocente.
—Lo era.
—¿Y usted qué hizo?
Dominic tragó saliva. La fiebre le había dejado los labios secos y agrietados.
—Tenía diecinueve años. Creí a Matteo. Cuando comprendí la verdad, tu padre ya estaba preso.
La rabia me quemó más que el miedo.
—Entonces no está intentando salvarme. Está intentando comprar mi perdón.
—No. Estoy intentando darte lo que debí darte hace diecisiete años.
Abrió la carpeta. Dentro había copias de transferencias, fotografías de libros contables y una declaración firmada por un antiguo abogado. Pero el documento decisivo era una grabación transcrita, fechada tres días antes de la muerte de mi padre.
—No basta con papeles —dije.
—Por eso guardé el original.
Dominic señaló un pequeño reproductor oculto bajo la mesa de noche. Leo lo activó. La voz de mi padre llenó el dormitorio, cansada, pero firme.
—Si algo me sucede, Matteo Rossi será responsable. No robé ese dinero. Él lo hizo. Dominic conoce una parte, pero todavía no toda la verdad.
Me llevé una mano a la boca.
Después se oyó otra voz.
La de Matteo.
—Firma la confesión y tu hija crecerá sin problemas. Si no firmas, no habrá nadie que la encuentre.
El sonido terminó.
Nadie se movió.
Dominic bajó la mirada.
Leo tenía los ojos húmedos.
Yo sentí que todas las noches esperando una carta de mi padre, todos los cumpleaños sin él y cada vez que alguien me llamó hija de un ladrón acababan de adquirir un rostro.
—¿Por qué me contrató? —pregunté.
—Porque Matteo sabe que encontré la grabación. Y porque necesitaba a alguien fuera de mi círculo para llevarla a un fiscal si yo moría.
—¿Me convirtió en un señuelo?
—Te convertí en la única persona que no podía comprar.
La puerta principal explotó hacia dentro.
Se escucharon disparos en la planta baja. Leo empujó un armario contra la entrada del dormitorio. Dominic intentó levantarse, pero cayó de rodillas.
—¡No puede quedarse aquí! —grité.
—Hay un pasadizo detrás de la biblioteca.
—¿Y la prueba?
—La llave está dentro de tu dedal.
Me quedé helada.
—¿Qué?
Dominic señaló el pequeño objeto rojo que llevaba colgado.
—Tu madre no lo conservó por sentimentalismo. Elena trabajaba para mi familia. Ella ayudó a tu padre a esconder la llave antes de que lo arrestaran.
Con dedos temblorosos, giré el dedal. La base se desprendió y dejó caer una llave diminuta sobre mi palma.
Leo abrió el panel oculto de la biblioteca. En el mismo instante, el teléfono de Dominic sonó.
La pantalla mostraba el número de Matteo.
Dominic contestó.
—Hermano —dijo Matteo—. Ya sé quién está contigo. Y si Nora cruza esa puerta, haré que la historia de su padre termine con ella…
Matteo escuchó su propia voz y dejó de sonreír…
Yo creía que la verdad solo podía devolverme el pasado. Pero aquella noche también me obligó a elegir mi futuro.
El final cambia lo que realmente significaba salvar a Dominic.
“No volveré a pedirte que me salves.”
Y por fin pude respirar.
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