
El hombre sangraba sobre el suelo de la clínica cuando su guardaespaldas me apuntó al pecho y me pidió que fingiera no haberlos visto jamás.
Eran las tres y doce de la madrugada en la clínica San Judas. Yo llevaba once horas despierta, cuatro cafés encima y una pequeña llave de latón colgada al cuello con un cordón amarillo. Mi madre me la había regalado antes de que la demencia le robara casi todos los recuerdos. La apretaba cada vez que tenía miedo.
—Necesito una habitación —dijo el hombre de la chaqueta de cuero.
Su mano desapareció bajo la solapa.
No necesitaba ver el arma. Había visto demasiadas en la morgue del condado, dibujadas con tiza junto a cuerpos que ya no podían defenderse.
El otro hombre estaba doblado sobre sí mismo. La sangre le atravesaba los dedos y caía sobre el suelo recién fregado.
—Nombre y tarjeta del seguro —dije.
El guardaespaldas soltó una risa seca.
—¿No has entendido?
—Perfectamente. Y usted tampoco ha entendido que, si se desmaya en mi sala, tendré que dejarlo en el suelo. Ahí hay una mancha de sangre que me costará más quitar que su paciencia.
El herido levantó una mano.
—Basta, Bruno.
Su voz era áspera, pero no débil. Cuando alzó la cabeza, vi unos ojos grises, fríos como asfalto mojado. No había miedo en ellos. Solo cansancio y una irritación controlada.
—Diez mil dólares —dijo—. Sin nombres. Sin preguntas. Cose la herida y nunca estuvimos aquí.
Pensé en la residencia de mi madre. En la factura de ocho mil seiscientos cuarenta y dos dólares que vencía el viernes. Pensé en la llave que llevaba contra la piel y en cómo mi madre había susurrado esa mañana: «No dejes que entren».
—Habitación tres —respondí.
Cerré las puertas, di la vuelta al cartel de abierto y los conduje al fondo.
El hombre se sentó en la camilla como si fuera un trono. Bruno caminaba de un lado a otro, rozando con los dedos el borde de su chaqueta. Yo me puse los guantes, corté la camisa y encontré una herida limpia, de entrada y salida, que había rozado una costilla.
—Un centímetro más y se habría ahogado en su propia sangre —dije.
Vertí antiséptico sobre la carne abierta.
Él no gritó. Solo cerró la mandíbula.
—No tiemblas —observó.
—He visto cosas peores.
—¿Y no quieres saber quién me disparó?
—Quiero terminar mi turno.
Durante veinte minutos solo se escucharon las luces fluorescentes y el hilo atravesando la piel. Cuando até el último nudo, él seguía mirándome.
—¿Cómo te llamas?
—No hemos hecho preguntas.
Una sombra de sonrisa apareció en su boca.
—Nos veremos otra vez, enfermera.
Bruno dejó un sobre grueso sobre la mesa. El sonido de los billetes fue más pesado que cualquier amenaza.
Cuando se fueron, conté diez mil dólares exactos. Luego llamé a la residencia y pagué la deuda de mi madre.
A las seis menos cuarto, mientras fregaba la última gota de sangre, sonó el teléfono de la clínica. Contesté.
—¿Ivy Collins? —preguntó una voz desconocida—. Luca D’Angelo quiere hablar contigo. Y si rechazas la invitación, él mismo vendrá a buscarte…
PARTE 2
—¿Qué clase de invitación? —pregunté, mirando la llave de latón contra mi pecho.
—Una que no conviene rechazar.
La llamada terminó.
Seis días después, Luca D’Angelo me encontró en un restaurante barato de la calle Mercer. Eran las cuatro de la tarde y yo estaba comiendo patatas frías mientras calculaba cuánto dinero quedaba después de pagar la residencia de mi madre.
El murmullo del local se apagó cuando él entró.
Llevaba un traje azul oscuro, una camisa blanca y un reloj dorado que probablemente costaba más que el edificio entero. La herida estaba cubierta, pero bajo la luz pude distinguir un moretón amarillento junto a su mandíbula.
Se sentó frente a mí.
—Café negro —dijo a la camarera—. Y trae otra taza.
La mujer palideció.
—Sí, señor D’Angelo.
—¿Sigues siguiendo a las mujeres que te cosen? —cerré la computadora.
—Solo a las que no parpadean mientras les saco una bala del cuerpo.
Pronunció mi nombre como si lo hubiera leído en un expediente.
—Veintiséis años. Sin hijos. Tres años de medicina antes de abandonar los estudios. Dos trabajos. Una madre en una residencia privada. No tienes deudas salvo la factura de esa residencia y un coche que está a punto de morir.
La cucharilla de mi taza golpeó el plato.
—Qué romántico. ¿También sabes mi grupo sanguíneo?
—Sé reconocer a alguien que necesita dinero y odia pedirlo.
—No soy asesina.
—Tengo suficientes asesinos.
—Entonces, ¿qué quieres?
Luca se inclinó hacia mí.
—Una prometida.
Me reí. No porque fuera gracioso, sino porque el miedo necesitaba salir de alguna forma.
—Busca una actriz.
—Las actrices fingen para vivir. Tú finges para sobrevivir. Hay una diferencia.
Sacó una carpeta negra y la deslizó por la mesa. El broche metálico estaba frío cuando lo toqué.
Su padre había muerto dos meses antes. Según el testamento, Luca conservaría el control de la empresa familiar solo si se casaba antes de treinta días. Si no, la administración pasaría a su tío Matteo, un hombre que, según los rumores, llevaba años esperando enterrarlo.
—¿Y qué gano yo? —pregunté.
—Cincuenta mil dólares. La residencia de tu madre pagada durante cinco años. Seguridad para ambas. Tres meses de compromiso público. Después, una separación discreta.
—¿Y qué pierdo?
—La posibilidad de decir que no conoces a Luca D’Angelo.
A las seis de la tarde visité a mi madre. Su habitación olía a jabón de lavanda y sopa recalentada. Ella estaba sentada junto a la ventana, con un pañuelo de flores atado al cabello.
—¿Quién te hizo daño? —preguntó de repente.
—Nadie.
Sus dedos buscaron mi cuello y encontraron la llave.
—No se la enseñes a los hombres con anillos negros.
—Mamá, ¿qué abre?
Sus ojos se despejaron durante un segundo.
—La caja que tu padre escondió cuando comprendió que los D’Angelo no eran nuestros amigos.
Después volvió a mirar la televisión sin sonido.
Aquella noche firmé el contrato.
La primera cena con Luca fue en un salón privado del hotel D’Angelo. Sobre la mesa había velas, copas finas y un pequeño estuche de terciopelo.
—Póntelo —ordenó.
Dentro había un anillo con una piedra transparente.
—No acepto órdenes.
—Entonces considéralo una petición desesperada.
Me puse el anillo.
La puerta se abrió y entró Matteo D’Angelo, un hombre de cabello blanco y sonrisa tranquila. Sus ojos bajaron hasta mi llave de latón, que había escapado del cuello de mi blusa.
La sonrisa se le borró.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó.
Luca se volvió hacia él.
—¿Qué ocurre, tío?
Matteo retrocedió un paso. Su mano apretó el respaldo de una silla.
—Nada. Absolutamente nada.
Pero esa noche, al volver a mi apartamento, encontré la puerta entreabierta y la cerradura rota. La habitación estaba revuelta. La llave seguía en mi cuello.
Y sobre mi almohada alguien había dejado una nota escrita con tinta negra: «Devuelve lo que tu padre robó, o tu madre será la siguiente»…
PARTE 3
…No dormí. A las siete de la mañana, con la nota doblada dentro del bolsillo, llevé a mi madre a una clínica privada que Luca había reservado para ella. El lugar estaba en el último piso de un edificio de cristal, lejos de los barrios donde las amenazas podían cumplirse sin testigos.
Luca me esperaba junto al ascensor. Tenía el rostro tenso y una venda nueva bajo la camisa.
—¿Qué pasó? —preguntó.
Le entregué la nota.
La leyó una vez. Luego otra.
—¿Quién conoce a tu padre?
—Murió cuando yo tenía nueve años.
—No te he preguntado cuánto hace que murió.
—Era contable de los D’Angelo. Eso es todo lo que sé.
Luca levantó la vista.
—No. Eso es todo lo que te contaron.
La enfermera llevó a mi madre a una habitación. Antes de desaparecer, ella me agarró la muñeca con una fuerza imposible para una mujer que apenas podía recordar mi nombre.
—La caja —susurró—. Busca la estación vieja.
A las diez, Luca y yo estábamos en un almacén abandonado bajo la antigua estación de tren. Olía a humedad, aceite y madera podrida. Bruno vigilaba la escalera mientras yo introducía la llave en una pequeña cerradura oxidada escondida detrás de una viga.
La caja se abrió con un chasquido.
Dentro había un cuaderno de tapas verdes, una memoria diminuta y un sobre de papel crema con mi nombre escrito a mano.
Luca no tocó nada.
—Ábrelo tú.
El papel crujió entre mis dedos. Dentro había una declaración firmada por mi padre, Samuel Collins, fechada tres semanas antes de su muerte.
«Matteo D’Angelo ordenó desviar fondos de la empresa, falsificar los libros y eliminar a cualquiera que pudiera demostrarlo. Si me ocurre algo, la prueba está en el registro de seguridad de la estación y en la contabilidad original.»
Sentí que el suelo se movía.
—¿Tu padre sabía esto? —pregunté.
Luca miró el cuaderno.
—Mi padre lo sabía. Por eso Samuel murió.
—¿Y tú?
—Yo tenía diecinueve años. Matteo me dijo que tu padre había robado millones y escapado.
Bruno bajó de la escalera con el rostro desencajado.
—Tenemos compañía.
Los neumáticos chirriaron afuera. Luego se escucharon puertas cerrándose y pasos acercándose por el túnel.
Luca guardó el sobre dentro de su chaqueta.
—Hay una salida al andén viejo.
—¿Y la memoria?
—Bruno, cógela.
Corrimos entre columnas húmedas mientras las balas golpeaban el metal detrás de nosotros. Luca me tomó de la mano. Su palma estaba caliente y firme. Cuando llegamos al andén, me empujó detrás de una máquina oxidada y se colocó delante de mí.
—No vuelvas a hacer eso —susurré.
—¿Qué cosa?
—Ponerte entre una bala y yo.
—Es parte del contrato.
—El contrato dice que finjamos estar comprometidos. No que mueras por mí.
Su mirada cambió.
—Ya no sé dónde termina el contrato.
La policía de Luca logró dispersar a los hombres. Horas después, en el ático, conectamos la memoria al ordenador. El archivo contenía una grabación de la noche en que Samuel murió.
Se oyó una puerta. La voz de Matteo. Después la de Samuel.
—Si me matas, Luca descubrirá la verdad.
—Luca descubrirá lo que yo quiera que descubra.
Luego un golpe. Un disparo. Y, al final, Matteo diciendo con una calma aterradora:
—El chico cargará con la culpa. Solo necesito que parezca que él estuvo aquí.
Luca se quedó inmóvil.
Bruno apartó la mirada.
Yo sentí que algo dentro de mí se rompía, pero no era miedo. Era la última posibilidad de que el mundo tuviera sentido.
—Matteo mató a tu padre —dije.
—Y me utilizó para ocultarlo.
Luca cerró el ordenador. Después se acercó a mí.
—Si quieres irte, te sacaré de la ciudad esta noche.
—¿Y tú?
—Yo voy a terminar esto.
—No solo.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí lo sé.
Me besó antes de que pudiera respirar. Fue un beso breve, desesperado, completamente equivocado para una relación fingida. Sus manos se quedaron suspendidas junto a mi cintura, como si temiera tocarme de verdad.
Cuando se separó, sus ojos grises habían perdido toda su frialdad.
—Eso no estaba en el contrato —dije.
—Lo sé.
El teléfono de Bruno sonó en la habitación contigua. Contestó, escuchó y se puso pálido.
—Luca, la policía acaba de arrestar a alguien en la residencia de tu madre. Dice que trabaja para ti.
Luca me miró.
—¿Quién?
Bruno tragó saliva.
—Tu abogado. Y llevaba una orden para trasladarla a otra ciudad antes de que llegaran los investigadores…
Luca escuchó la grabación y dejó de respirar…
Yo creía que solo estaba comprando tiempo para salvar a mi madre. Pero aquella noche descubrí que el contrato escondía mucho más de lo que parecía.
Y cuando todo salió a la luz, ya no pude volver a la mujer que era antes.
«No fue una actuación para mí.»
Por primera vez, bajó la mirada.
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