PARTE 4 — Mis cuarenta y dos gansos desaparecieron antes de la sequía, y cuando seguimos sus huellas hacia la grieta prohibida, Daniel dejó de respirar

PARTE 4

Durante varios segundos nadie se movió.

La voz volvió a sonar.

—Lucía, si me escuchas, sal de la montaña. No confíes en Esteban.

El teléfono se apagó.

Mi mano quedó suspendida en el aire, todavía cerrada alrededor del aparato. Sentía el borde de la carcasa clavándose en mis dedos.

—¿Era tu madre? —preguntó Daniel.

No pude responder.

Esteban fue el primero en reaccionar.

—Eso es imposible.

—Acabas de decir que nunca encontraste su cuerpo —le dije.

—Encontré el vehículo. No el cuerpo.

Daniel lo empujó contra la pared.

—¿Qué más sabes?

—Sé que alguien está usando su voz para llevarnos a otra trampa.

Un golpe sacudió la puerta de hierro. Mauro había dejado de gritar. Ahora trabajaba en silencio, y ese silencio era peor.

Esteban miró el teléfono.

—La señal no puede llegar hasta aquí.

—Entonces alguien nos está esperando dentro de la montaña —dije.

Tomé la llave diminuta que había caído del silbato. En su cabeza tenía grabadas las mismas tres líneas onduladas. La introduje en una ranura escondida bajo la caja metálica.

La pared se abrió con un gemido.

Detrás había un conducto estrecho y una escalera de hierro que descendía hacia una luz rojiza. El aire olía a aceite, cables quemados y agua estancada.

—Por ahí —dijo Esteban.

—Tú vas delante —ordenó Daniel.

Esteban no protestó.

Bajamos uno a uno. El túnel terminaba en una sala llena de tuberías, válvulas y depósitos transparentes. Al otro lado de una ventana, el agua corría con fuerza por un canal subterráneo. Varias bombas la desviaban hacia enormes tanques marcados con el nombre de una empresa embotelladora.

En una mesa había una computadora, tres teléfonos y un altavoz.

El teléfono que yo había contestado estaba allí.

La voz de mi madre había sido una grabación.

Sentí una mezcla de alivio y vergüenza. Mi madre no estaba viva. Pero alguien conocía su voz lo bastante bien como para abrir una herida de treinta años.

Daniel encontró un interruptor y encendió la pantalla. Aparecieron archivos con fechas, fotografías de las compuertas y grabaciones de reuniones.

Entonces escuchamos a Mauro detrás de nosotros.

—No debieron bajar.

Entró apuntando con una pistola. Llevaba el rostro cubierto de polvo y una llave inglesa ensangrentada en la mano.

—¿Dónde está mi padre? —preguntó.

—¿Dónde está mi madre? —contesté.

Mauro sonrió sin alegría.

—Tu madre murió en el barranco. La encontramos dos días después. El alcalde ordenó enterrarla sin nombre.

Daniel avanzó.

—¿Y mi padre?

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—Se negó a cerrar la última válvula. Por eso lo hicieron parecer un accidente.

Esteban agachó la cabeza.

—Yo estaba allí —dijo—. Y no hice nada.

Mauro soltó una carcajada.

—Por fin lo admites.

Daniel pulsó una tecla. En la pantalla apareció una grabación de seguridad. Mauro, Ramiro Salvatierra y Esteban estaban frente a la compuerta. Se escuchaban claramente sus voces.

—Cierren la válvula antes de que alguien lo descubra —decía Mauro.

—Si la cerramos, el pueblo se quedará sin agua —respondía Esteban.

—El pueblo comprará agua. Nosotros la venderemos.

Mauro miró la pantalla.

—Eso no prueba nada. Es una imagen incompleta.

—La grabación está transmitiéndose —dijo Daniel.

Mauro levantó el arma.

—¿A quién?

—A todos los teléfonos del valle.

Yo había conectado el aparato al sistema de la sala sin darme cuenta. La pantalla mostraba decenas de llamadas entrantes. En la parte superior aparecía el nombre de la periodista que había visitado nuestra granja la semana anterior para preguntarnos por la compra de los terrenos.

Mauro palideció.

—Apágalo.

—No —dije.

—¿No entiendes que si esto sale, se hundirán todos?

—Eso es lo que debía ocurrir cuando secaron el valle.

Mauro se abalanzó sobre mí. Daniel se interpuso. La pistola cayó al suelo, golpeó una tubería y abrió una pequeña fuga. El agua empezó a salir con un silbido agudo.

Esteban corrió hacia las válvulas.

—¡La presión está subiendo!

—¿Qué hacemos? —grité.

—Abrir las laterales, una por una.

—La grabación decía que podía partirse la montaña.

—Si no lo hacemos, explotarán los depósitos.

Daniel tomó la llave grande. Mauro intentó levantarse, pero Esteban lo sujetó contra el suelo.

—Ya no voy a obedecerte —dijo.

La primera válvula giró con dificultad. El agua rugió en los tubos.

La segunda se resistió. Daniel apretó los dientes y descargó todo su peso sobre ella.

—¡Ahora, Lucía!

Usé la llave diminuta en una cerradura lateral. El mecanismo cedió y una corriente helada atravesó el conducto. La montaña tembló, pero no se partió.

Después se oyó algo que no habíamos escuchado en siglos.

Un trueno subterráneo.

El agua salió por las antiguas fuentes del valle al mismo tiempo. En la superficie, según supimos después, los pozos comenzaron a llenarse antes de que amaneciera.

La policía llegó a la sala cuarenta minutos más tarde. La periodista había recibido la transmisión completa y llamó a los servicios de emergencia. El alcalde fue detenido en su casa, mientras intentaba cargar documentos en el maletero de su automóvil.

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Mauro no volvió a levantar la cabeza.

Esteban entregó los contratos, la grabadora y las copias de las cámaras. También declaró que había ayudado a ocultar la verdad durante once años. No pidió perdón. Solo repitió que había tenido miedo por su hija.

—El miedo explica algunas cosas —le dije—. Pero no las borra.

A las nueve de la mañana, nos llevaron a la plaza. La gente se había reunido alrededor de la fuente, que llevaba seca desde antes de que yo naciera. El agua brotaba entre las piedras y corría por los canales como si siempre hubiera estado esperando.

Daniel sostuvo mi mano.

—Tu madre lo dejó todo preparado.

—No para salvarme a mí. Para salvar a todos.

—Y tú terminaste lo que ella empezó.

No sentí orgullo. Sentí cansancio.

En la granja, los cuarenta y dos gansos habían regresado solos. Los encontramos al amanecer junto al cercado, mojados y tranquilos. Grom dormía apoyado sobre una pata. Nieve picoteaba el barro recién humedecido.

La carpeta de Esteban quedó sobre la mesa de la cocina durante semanas. No podía mirarla sin recordar la voz de mi madre, aquella voz falsa que había abierto una herida verdadera. Guardé la grabadora en una caja y enterré las cenizas de la cinta junto al nogal.

Tres meses después, el valle volvió a tener agua, pero no volvió a ser el mismo. Se revisaron los contratos, se recuperaron las tierras y las familias recibieron una parte de los depósitos que habían sido construidos con su propio cauce. La empresa embotelladora desapareció. El alcalde fue condenado por desvío de agua, encubrimiento y muerte de dos hombres.

Esteban declaró hasta el último día del proceso. Su hija se mudó con él a otra provincia. Nunca volvimos a ser amigos, pero una tarde me dejó una nota en la puerta.

«No espero que me perdones. Solo quería que supieras que tu madre no murió en vano.»

No respondí.

Daniel y yo seguimos en la granja. Reparó el tejado del establo y construyó un pequeño canal para que los gansos pudieran beber sin entrar al huerto. Yo empecé a trabajar en la escuela del pueblo, enseñando a los niños a leer mapas y a reconocer las señales de las montañas.

Los domingos, las familias caminaban hasta la fuente. Algunos dejaban flores. Otros llevaban fotografías de Tomás y de mi madre, cuyos nombres finalmente fueron grabados en una placa junto al agua.

A veces, los niños me preguntaban si de verdad había escuchado una voz bajo tierra.

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—Escuché muchas voces —les decía—. Lo importante fue decidir a cuál creer.

El invierno llegó temprano. Una mañana de diciembre, mi sobrina Clara vino a la granja con un dibujo. Había pintado la montaña, los gansos y una línea azul que atravesaba la roca.

—Esta es tu mamá —dijo, señalando una figura pequeña junto a la fuente.

—¿Por qué está lejos?

—Porque está cuidando el agua.

La abracé y sentí que, por primera vez, el recuerdo de mi madre no pesaba como una piedra.

Daniel apareció en la puerta con dos tazas de leche caliente.

—Hay un mensaje para ti —dijo.

En la pantalla de mi teléfono aparecía un número desconocido. El mensaje solo decía: «Podemos hablar. Sé dónde está la última galería.»

Debajo había una fotografía de la grieta.

Daniel me miró.

—¿Quieres responder?

—No.

—¿Ni siquiera para saber quién es?

—Hay secretos que dejan de pertenecerle a quien los escondió cuando la verdad ya está a la vista.

Bloqueé el número.

Después salí al patio. Había empezado a nevar. Los cuarenta y dos gansos cruzaban el barro húmedo en una fila desordenada, protestando contra el frío. Grom iba al final, lento pero firme. Nieve caminaba junto a él.

Toqué el silbato de cobre que llevaba bajo el abrigo. Mi madre lo había usado para guardar una llave, pero ahora solo quedaba dentro el eco diminuto de aquel traqueteo.

Lo llevé a los labios y soplé.

El sonido salió ronco, imperfecto, casi ridículo.

Los gansos levantaron la cabeza.

Luego todos regresaron a casa.

Y por fin, la montaña dejó de llamarme.

¿Te perdiste el principio?

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PARTE 4 — Mis cuarenta y dos gansos desaparecieron antes de la sequía, y cuando seguimos sus huellas hacia la grieta prohibida, Daniel dejó de respirar
On my wedding day, they refused to let me marry my fiancé, mentioned an unknown contract, and when another man stood before me, my mother turned pale