
El médico de Dante Moretti dejó caer el frasco sobre la mesa y murmuró que la siguiente dosis podía matarlo antes del amanecer.
Yo estaba de pie junto a la ventana del comedor, con los dedos aferrados a un pequeño broche de plata en forma de golondrina que mi madre me había regalado al cumplir dieciocho años. La pieza chocaba contra mi pulsera cada vez que temblaba.
Dante no miró al médico.
—¿Cuánto tiempo llevas diciéndome que esto me mantiene vivo? —preguntó.
El doctor Russo tragó saliva.
—Desde que empezaron las lesiones.
—No te pregunté desde cuándo. Te pregunté cuánto tiempo llevas diciéndome que me mantiene vivo.
Russo bajó la vista.
Yo miré el frasco. La etiqueta estaba ligeramente despegada en una esquina, como si alguien hubiera intentado quitarla y luego se hubiera arrepentido. El olor era extraño: amargo, con un fondo metálico que me recordó a las monedas mojadas.
—¿Puedo verlo? —pregunté.
Dante giró la cabeza hacia mí.
—¿Sabes algo de medicina?
—Sé leer números. Y sé que desde que llegué aquí tomas el doble de pastillas y tiemblas el triple.
El silencio cayó sobre la sala.
Marco, el hombre que controlaba cada puerta de la mansión, apretó la mandíbula.
Russo extendió la mano.
—No es asunto suyo.
—Entonces no le molesta que lo revise —dije.
El médico no respondió.
Dante tomó el frasco antes que él y me lo entregó.
La etiqueta indicaba que eran tabletas para una enfermedad autoinmune. Pero debajo de la fecha de caducidad había una diminuta marca roja, casi invisible. La misma marca aparecía en dos facturas que yo había encontrado en las cuentas de Adrian.
Belmont Holdings.
El nombre me había perseguido desde la noche en que mi prometido me llevó a aquella mansión y aseguró que Dante quería comprarme como si yo fuera un objeto.
—¿Qué significa esa marca? —pregunté.
Russo se levantó bruscamente.
—No significa nada.
—Las cosas que no significan nada no aparecen en facturas de trescientos mil dólares.
Dante se inclinó hacia delante. Las manchas oscuras de su mano parecían haberse extendido hasta los nudillos.
—Marco, cancela todas las entregas de mi farmacia.
—¿Todas? —preguntó Marco.
—Todas.
Russo palideció.
—Dante, si interrumpe el tratamiento, puede sufrir un colapso.
—Y si continúo, ¿qué ocurre?
El médico no contestó.
Eso fue suficiente.
A las seis de la tarde, Adrian apareció en la mansión sin avisar. Entró con su abrigo impecable, su sonrisa de hombre que nunca había pagado por sus propios errores y la misma alianza que yo había devuelto aquella mañana.
—Sophia, tenemos que hablar —dijo.
—Ya hablamos durante cuatro años.
—No delante de él.
Dante permanecía junto a la chimenea, inmóvil.
—Aquí no hay secretos —dijo—. Solo personas que todavía no han decidido cuánto quieren mentir.
Adrian soltó una risa breve.
—No sabes lo que estás haciendo, Sophia.
—Por primera vez, sí lo sé.
Él se acercó.
—Vuelve conmigo y olvidaré que viste esos documentos.
—¿Qué documentos?
Su sonrisa se quebró apenas un segundo.
Dante lo notó.
—Quédate esta noche —ordenó Adrian, mirándolo—. Mañana no tendrás que preocuparte por nada.
—¿Mañana? —pregunté.
Adrian clavó los ojos en mí.
—No hagas preguntas que no puedes soportar.
Cuando se marchó, Dante esperó hasta oír cerrarse la verja.
Luego sacó una carpeta de cuero del cajón de su escritorio y la dejó frente a mí.
—Dijiste que trabajabas con números. Entonces dime por qué tu prometido pagaba al médico que afirma que voy a morir.
Mi mano avanzó hacia la carpeta, pero antes de tocar el broche metálico, alguien golpeó tres veces la puerta…
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PARTE 2
La puerta se abrió antes de que Dante pudiera responder.
Marco entró con el rostro tenso y un sobre de papel color marfil entre los dedos.
—Llegó esto para la señorita Bennett —dijo.
—¿Quién lo envió? —pregunté.
—Un mensajero que no quiso identificarse.
El sobre estaba sellado con cera negra. No llevaba nombre, solo una pequeña figura grabada: una golondrina con las alas cerradas. Sentí un frío inmediato en el pecho al reconocer el símbolo del broche que apretaba contra mi muñeca.
Dante lo vio.
—¿De dónde sacaste eso?
—De mi madre. Murió hace seis años.
—¿Y quién más conocía ese símbolo?
—Adrian. Le parecía una joya sin valor.
Dante hizo una señal.
—Sal de la habitación, Marco.
—No es prudente.
—Tampoco lo fue dejar entrar a Adrian.
Marco salió, aunque su mano permaneció cerca de la pistola bajo la chaqueta.
Abrí el sobre.
Dentro había una fotografía tomada desde lejos. Adrian aparecía frente a una clínica privada, hablando con el doctor Russo. Detrás de ellos se veía una ambulancia y un reloj digital que marcaba las dos y diecisiete de la madrugada.
En el reverso solo había una frase: «La próxima dosis no será un accidente».
Dante tomó la fotografía.
—¿Esto es una amenaza?
—Es una advertencia.
—¿De quién?
—No lo sé.
—Pero reconoces la letra.
Miré las palabras. Me temblaron las manos.
—Es de mi madre.
Dante se quedó inmóvil.
Durante los cuatro años que estuve con Adrian, él había insistido en que mi madre había sido una mujer paranoica, incapaz de distinguir una sospecha de un hecho. Después de su muerte, me entregó una caja con sus papeles y me dijo que no necesitaba cargar con sus miedos.
Yo le creí.
Hasta aquella noche.
A las siete y media, Dante decidió no tomar la medicina. A las ocho, una bandeja cayó al suelo en el pasillo. A las ocho y diez, se apoyó contra la pared, respirando con dificultad.
—Llama al médico —dije.
—No.
—Te estás poniendo peor.
—Precisamente.
Le quité el frasco de la mano.
—No puedes seguir jugando con tu vida.
—Mi vida dejó de estar en mis manos hace meses.
—Entonces déjame ayudarte.
Dante me miró como si esa frase fuera más peligrosa que cualquier arma.
—No sabes quién está detrás de esto.
—Sé quién pagaba a Russo.
—Eso no significa que Adrian esté intentando matarme.
—Él me dijo que no tendría que quedarme mucho tiempo aquí.
Dante apartó la mirada.
—Adrian sabía algo.
—¿Qué?
—Que había personas esperando mi muerte.
—¿Y qué ganarían?
Antes de que pudiera contestar, sonó el teléfono del escritorio.
Dante no lo tocó.
El aparato volvió a sonar.
—Contesta —dije.
—Las llamadas de esta línea se graban.
—Entonces que quede grabada.
Dante levantó el auricular.
—Habla.
Una voz distorsionada dijo:
—La mujer ya vio la etiqueta. Si no la silencias, Moretti no llegará al viernes.
Dante se puso de pie de golpe.
—¿Quién eres?
La línea quedó muda.
Yo sentí que el broche de plata se clavaba en mi piel.
—Dante —susurré—, ¿qué ocurre el viernes?
Él me miró.
—La firma de la transferencia de mis empresas.
—¿A nombre de quién?
Dante abrió la boca, pero otro sonido atravesó la habitación: el aviso de un mensaje en mi teléfono.
Era una fotografía de Adrian, tomada hacía apenas unos minutos, entrando en una clínica con una mujer que yo había visto cientos de veces en mi propia casa.
Mi madre…
No podía ser.
La mujer de la imagen llevaba su abrigo, su peinado y el mismo broche de golondrina que yo tenía en la muñeca.
Debajo de la fotografía aparecía un mensaje:
«Si quieres saber por qué tu madre fingió estar muerta, ven sola al almacén de Belmont antes de medianoche…»
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PARTE 3
El almacén de Belmont olía a madera húmeda, aceite y secretos demasiado antiguos.
Llegué a las once cincuenta y dos, con el teléfono escondido en el bolsillo y un pequeño dispositivo de grabación sujeto bajo el broche de plata. Dante había intentado detenerme.
—Si vas, no irás sola —dijo.
—Si apareces, no me contará nada.
—Y si es una trampa?
—Entonces necesito saber quién la preparó.
Marco me siguió a distancia. Dante se quedó en el automóvil, esperando una señal.
Dentro del almacén, una lámpara colgante oscilaba sobre las cajas. La mujer de la fotografía salió de entre las sombras.
Era mi madre.
Tenía más canas, el rostro más delgado y una cicatriz junto a la ceja, pero era ella. La reconocí por la forma en que cerraba la mano izquierda cuando estaba asustada.
—Sophia —dijo.
Yo no pude moverme.
—Te vi morir.
—Viste un cuerpo que Adrian pagó para que creyeras que era el mío.
—¿Por qué?
Mi madre se acercó, llorando en silencio.
—Porque descubrí lo que él estaba haciendo.
En ese instante se encendieron las luces del fondo. Adrian apareció junto al doctor Russo, acompañado por dos hombres.
—Siempre fuiste demasiado curiosa —dijo.
Mi madre retrocedió.
—No la toques.
Adrian sonrió.
—No necesito tocarla. Ya hizo exactamente lo que esperaba.
—¿Esperabas que me entregara a Dante? —pregunté.
—Esperaba que entraras en su casa, ganaras su confianza y firmaras como testigo cuando él muriera.
Sentí que el suelo se alejaba bajo mis pies.
—¿Firmar qué?
Adrian miró a Russo.
El médico sacó varios documentos de una carpeta.
—El tratamiento no era para curarlo —dijo—. Era una combinación experimental de sustancias que provocaba lesiones, temblores y fallo progresivo del hígado. Cada dosis hacía que pareciera más enfermo.
Mi madre cerró los ojos.
—La fórmula fue creada para que el veneno pareciera una enfermedad hereditaria.
—¿Y tú la administrabas? —le pregunté a Russo.
—Me obligaron.
Adrian soltó una carcajada.
—Te pagamos más de lo que habrías ganado en diez vidas.
La grabadora bajo mi broche seguía funcionando.
—¿Por qué Dante? —pregunté.
—Porque sus socios aceptarían una transferencia firmada durante su incapacidad —respondió Adrian—. Belmont se quedaría con sus rutas, sus propiedades y sus cuentas. Yo recibiría el dinero suficiente para borrar mi deuda.
—¿Y yo?
—Tú serías la prometida desconsolada que lo acompañó durante sus últimos días. La testigo perfecta. Nadie sospecharía de una mujer que acababa de ser entregada a él.
Mi estómago se revolvió.
—¿Cuándo pensabas matarlo?
—El viernes, durante la firma.
—¿Y después me matarías a mí?
Por primera vez, Adrian no respondió de inmediato.
Mi madre dio un paso hacia mí.
—Sí.
La palabra me atravesó.
Las puertas del almacén se abrieron de golpe. Dante entró con Marco y varios hombres. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos tenían una claridad terrible.
—Repite lo que dijiste —ordenó.
Adrian se volvió.
—Dante…
—No. Repite cada palabra.
Yo saqué el dispositivo de debajo del broche y lo levanté.
—Lo escucharemos todos.
La grabación llenó el almacén: la voz de Adrian hablando del veneno, de la transferencia y de mi muerte. Russo comenzó a negar con la cabeza. Mi madre se cubrió la boca. Marco miró a Dante.
Dante no sonrió.
—Llama a la policía —dijo.
Adrian retrocedió.
—No tienes pruebas legales.
—Tenemos tu voz.
Entonces sonó el teléfono de Marco.
Contestó, escuchó durante cinco segundos y me miró con expresión de alarma.
—La policía ya está en la mansión —dijo—. Tienen una orden contra Sophia Bennett por intento de asesinato…
Pero Adrian aún no sabía que la persona que había firmado aquella orden no era una desconocida para él…
La voz de Adrian volvió a sonar en la sala vacía…
Yo creía que descubrir la verdad sería el final de mi pesadilla. Me equivoqué: apenas había empezado la parte que podía destruirnos a todos.
«No volveré a salvarte de tus propias decisiones».
Y por primera vez, Adrian dejó de pedir ayuda.
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