PARTE 4 — Mi prometido me entregó para saldar una deuda y, al ver la medicina sobre la mesa, el temido hombre dejó de sonreír

PARTE 4

La persona que había firmado la orden era el fiscal adjunto Samuel Reed, el mismo hombre que Adrian había sobornado durante tres años.

Lo supe por la expresión de Marco.

Dante también lo entendió.

—¿Cuánto tiempo llevan dentro? —preguntó.

—Desde hace nueve minutos.

—¿Y Sophia?

—La buscan en la mansión.

Adrian se abalanzó hacia la puerta trasera.

Marco lo derribó antes de que pudiera alcanzar el pasillo.

Mi madre gritó.

Yo no.

Había pasado demasiado tiempo creyendo que el miedo era una señal para obedecer. Esa noche comprendí que a veces solo era el cuerpo avisando que uno estaba a punto de recuperar su vida.

Dante tomó mi teléfono.

—Llama al número de emergencias.

—¿Y tú?

—Voy a hacer que escuchen la grabación antes de que Reed destruya lo que queda.

—¿Cómo?

Dante miró a Adrian, que estaba boca abajo sobre el suelo de cemento.

—Con la única persona que todavía puede reconocer su propia voz.

A las doce y dieciséis, entramos en una sala de reuniones de la comisaría central. El fiscal Reed ya estaba allí, impecable, con una carpeta bajo el brazo y dos agentes junto a la puerta.

—Señor Moretti —dijo—, esta orden autoriza la detención de Sophia Bennett por envenenamiento.

—¿Basada en qué? —pregunté.

—En el informe del doctor Russo y en los registros de sus visitas a la habitación de Dante.

—Russo acaba de confesar que el tratamiento era veneno.

Reed me miró con una calma demasiado ensayada.

—Eso tendrá que demostrarse.

Dante dejó el teléfono sobre la mesa.

—Entonces escuche.

La grabación comenzó.

La voz de Adrian llenó la sala.

«El tratamiento no era para curarlo.»

Reed no se movió.

«Sophia firmará como testigo.»

Uno de los agentes miró al fiscal.

«Después también habrá que eliminarla.»

La grabación terminó.

Durante unos segundos solo se oyó el zumbido de las luces.

Adrian estaba sentado frente a nosotros, esposado. Había intentado mantener la cabeza alta, pero la mandíbula le temblaba.

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—Eso está manipulado —dijo.

—No —respondí—. Es tu voz.

—Pudo haber sido editada.

Dante pulsó otro archivo.

Esta vez se oyó a Adrian en mi antigua cocina, seis semanas antes.

«Sophia no pregunta por los números. Sophia confía en mí.»

Luego otra grabación.

«Cuando Moretti muera, ella firmará cualquier cosa.»

Y otra.

«Si mi madre sigue viva, encuéntrala antes de que hable.»

Adrian empezó a respirar con dificultad.

Escuchaba sus propias palabras como si pertenecieran a un extraño. Cada frase le devolvía una parte de sí mismo que había escondido detrás de trajes caros, promesas y besos en la frente.

—Apáguelo —murmuró.

—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿No reconoces al hombre que me vendió?

—Sophia, yo estaba desesperado.

—Estabas calculando.

—Tenía una deuda.

—Y decidiste que mi vida valía menos que tus doce millones.

Adrian cerró los ojos.

—Te amaba.

Mi madre soltó una risa rota.

—No confundas amor con propiedad.

Reed se levantó.

—Esto no cambia la orden.

La puerta se abrió detrás de él.

Una mujer de cabello oscuro entró con una placa federal y una caja de documentos. Se presentó como la agente Elena Vargas. Colocó sobre la mesa las transferencias bancarias entre Belmont Holdings, Russo y Reed.

—La orden se basó en pruebas fabricadas —dijo—. Y tenemos una segunda orden, esta vez contra todos los implicados.

Reed perdió el color.

Adrian bajó la cabeza.

A las cuatro de la mañana, mientras los agentes registraban la mansión y confiscaban los frascos, el teléfono de Dante volvió a sonar.

Era el laboratorio donde habían analizado la medicina.

—Tenemos el resultado definitivo —informó la especialista—. El compuesto llevaba meses dañando el organismo del señor Moretti. Pero hay algo más.

Dante apretó el auricular.

—¿Qué cosa?

—Una de las sustancias estaba diseñada para dejar rastros en la sangre que parecieran una enfermedad genética. La fórmula fue registrada hace siete años por una compañía farmacéutica que pertenece a la familia Bennett.

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Mi madre se quedó rígida.

Yo la miré.

—¿Mamá?

Ella bajó los ojos hacia el broche de golondrina.

—La compañía era de tu padre.

—Mi padre murió antes de que yo naciera.

—Eso fue lo que te dijeron.

Dante se puso de pie lentamente.

—¿Quién lo ocultó?

Mi madre abrió la boca, pero antes de responder, un agente entró corriendo.

—Señor Moretti, encontramos una habitación cerrada en el sótano. Hay archivos con nombres, fotografías y fechas. Entre ellos está el de Sophia.

Mi madre palideció.

—No puede ser.

—¿Qué hay en esos archivos? —pregunté.

Ella miró a Adrian, que ya era escoltado por dos agentes.

—La razón por la que él te eligió a ti no fue solo por tu dinero ni por tus cuentas. Te eligió porque llevas toda la vida creyendo una mentira sobre tu familia…

La puerta del sótano se cerró detrás del agente, y dentro de aquella habitación esperaba una verdad que podía cambiar incluso lo que Dante y yo sentíamos el uno por el otro…

¿Te perdiste el principio?

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