La primera vez que vi a Marco Ricci después de casi un año, llevaba una bandeja de copas y él llevaba la misma sonrisa que me había robado tantas noches de sueño.
Eran las seis y media de un jueves en Bissimo, el restaurante italiano más concurrido del centro de Chicago. Las lámparas antiguas derramaban una luz dorada sobre los manteles blancos, el olor a albahaca y pan recién horneado flotaba entre las mesas, y yo repetía los números de los pedidos para no pensar en nada más. La mesa ocho necesitaba pan. La doce esperaba el postre. La catorce había pedido otra botella de vino.
Entonces se abrió la puerta principal.
No tuve que mirar para saber quién era. Hay personas que salen de tu vida, pero permanecen dentro de tu cuerpo, escondidas en el latido acelerado que aparece cuando escuchas sus pasos.
—Grace.
Me detuve frente a las puertas de la cocina. Apreté tanto la bandeja que el borde de metal se me clavó en los dedos.
—Estoy trabajando —respondí sin girarme.
—Ya lo veo.
Me volví despacio. Marco llevaba una chaqueta color carbón, un reloj brillante y esa seguridad impecable que siempre utilizaba para hacer que los demás parecieran nerviosos por defecto.
—Ha pasado mucho tiempo —dijo.
—Casi un año.
—Te ves cansada.
—¿Necesitas una mesa?
Su sonrisa se ensanchó.
—Necesito hablar contigo.
—No aquí.
Marco dio dos pasos. De cerca, percibí el perfume amaderado que había quedado impregnado en mi antiguo apartamento incluso después de que él se marchara. Mi estómago se cerró.
—Cambiaste de número —murmuró—. También cambiaste de apartamento. Pensaste que eso me haría desaparecer.
—Marco, vete.
Él inclinó la cabeza y empezó a hablarme en italiano, con una voz suave, casi afectuosa. Me recordó que nadie alrededor entendía aquel idioma. Me dijo que yo todavía le debía una conversación y que, si volvía a avergonzarlo, lamentaría haberlo hecho.
Solo comprendí algunas palabras, pero conocía perfectamente el tono. Durante años había aprendido que las voces tranquilas podían esconder los golpes más profundos.
—No voy a hablar contigo —susurré.
—Siempre complicas las cosas sencillas.
—Estoy trabajando.
—Entonces yo esperaré.
Se apartó de mí y caminó hacia la barra, no hacia la salida. Lo hizo lentamente, como si quisiera que yo entendiera que podía quedarse todo el tiempo que quisiera.
Una compañera llamada Nora pasó junto a nosotros con una cesta de pan caliente.
—¿Todo bien, Grace?
—Sí. Solo es un conocido antiguo.
Marco cambió de expresión al instante.
—Me estaba disculpando por haber sido un idiota —dijo en inglés—. Ella todavía no me perdona.
Nora soltó una risa incómoda.
—Bueno, este no parece el lugar para discutir.
—Exactamente —contestó él.
Cuando Nora desapareció detrás de las puertas de la cocina, Marco volvió a acercarse.
—¿Ves? —susurró—. Nadie notó nada.
Sentí que el aire se volvía demasiado pesado. Quise buscar a mi gerente, pero estaba junto a la entrada recibiendo a un grupo de clientes. El restaurante estaba lleno. Yo estaba rodeada de personas y, aun así, nunca me había sentido tan sola.
—La próxima vez no tendrás la oportunidad de alejarte —dijo Marco.
Entonces escuché un sonido pequeño.
Un vaso de whisky apoyándose sobre madera pulida.
Miré por encima del hombro de Marco. En la mesa del rincón, un hombre alto, vestido con un traje negro perfectamente ajustado, había levantado la mirada. Tenía el cabello oscuro peinado hacia atrás, un reloj de plata bajo el puño de la camisa y unos ojos que no parecían curiosos.
Parecían atentos.
Tres hombres permanecían sentados con él. Nadie hablaba. Nadie miraba el teléfono. El desconocido observó a Marco durante varios segundos y después dijo algo tan bajo que no pude oírlo.
Uno de sus acompañantes inclinó la cabeza. El ambiente cambió.
Marco también lo notó. Su sonrisa se debilitó apenas un instante.
Yo intenté volver a la mesa doce, pero el hombre del rincón seguía mirándome. Luego miró a Marco y pronunció una sola frase. Uno de sus hombres dejó la servilleta junto al plato y metió la mano bajo la chaqueta.
Marco giró lentamente hacia ellos.
Y el desconocido empezó a levantarse de su asiento…
PARTE 2
Y el desconocido empezó a levantarse de su asiento…
No lo hizo con prisa. Eso fue lo que más miedo me dio. Los hombres que pierden el control suelen moverse rápido; aquel hombre parecía tener todo el tiempo del mundo.
Marco se interpuso entre nosotros.
—No te metas en esto —dijo en inglés, intentando conservar la sonrisa.
El desconocido se acercó hasta quedar a pocos pasos. Su presencia parecía apagar el murmullo del restaurante. Yo podía oír el tintineo de una cucharilla contra una taza, el siseo de la máquina de café y mi propia respiración entrecortada.
—¿En qué debería no meterme? —preguntó.
Su voz era grave y tranquila.
Marco parpadeó.
—Es un asunto privado.
—No cuando haces amenazas en un lugar público.
Sentí que las rodillas me temblaban. El desconocido había entendido cada palabra que Marco había pronunciado en italiano.
Marco miró hacia mí.
—Grace, dile que se vaya.
—No —respondí.
La palabra salió pequeña, pero salió.
Por primera vez, Marco pareció sorprendido.
—¿Qué dijiste?
—Que no se vaya.
El desconocido no sonrió. Solo hizo una leve señal con la mano y uno de sus acompañantes dejó sobre la mesa una tarjeta negra, sin nombre, junto a una pequeña caja de fósforos dorados. La imagen del fósforo, una torre atravesada por una línea blanca, me resultó extrañamente familiar, aunque no sabía de dónde.
—Mi nombre es Luca Moretti —dijo él—. Y quiero que salgas de aquí, Grace.
—No puedo abandonar mi turno.
—Sí puedes.
—Necesito el trabajo.
Sus ojos se suavizaron apenas.
—Entonces terminaremos la conversación afuera, cuando acabes.
Marco soltó una risa seca.
—¿Ahora eres su guardaespaldas?
—No.
Luca miró la mano de Marco, que estaba a pocos centímetros de mi muñeca.
—Soy la persona que te está dando la oportunidad de retirarla.
El brazo de Marco bajó lentamente. No porque quisiera, sino porque había entendido algo en aquella frase.
Mi gerente, el señor Harris, salió de la oficina con una carpeta en la mano.
—¿Hay algún problema?
Marco se adelantó.
—Ninguno. Grace y yo somos viejos amigos.
—No somos amigos —dije.
El señor Harris miró a Luca, después a Marco y finalmente a mí. Se fijó en mis dedos blancos alrededor de la bandeja.
—Grace, ve a la oficina.
—Pero el servicio…
—Ahora.
Marco dio un paso.
—No tienes derecho a llevártela.
Luca giró la cabeza.
—Tú no tienes derecho a nombrar sus derechos.
El silencio cayó sobre la sala.
En la oficina, el señor Harris cerró la puerta y me entregó una botella de agua. La etiqueta estaba húmeda y se despegaba por una esquina.
—¿Quién es ese hombre? —preguntó.
—Mi exnovio.
—No me refiero a Marco.
Miré a través del vidrio. Luca estaba junto a la entrada, hablando con dos hombres que acababan de llegar. Todos vestían de negro. Marco seguía en la barra, rígido, con el teléfono pegado al oído.
—No lo sé —dije.
El señor Harris frunció el ceño.
—Pues él sabe mucho de ti.
—¿Qué significa eso?
Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró en el bolsillo del delantal. Era un mensaje de un número desconocido.
No mires a Luca. Él no puede protegerte de lo que ya está en tu casa.
Se me heló la sangre.
—¿Qué ocurre? —preguntó Harris.
No pude contestar. Abrí la fotografía adjunta.
Era la puerta de mi apartamento, tomada desde el pasillo. En el pomo colgaba la pequeña cinta amarilla que yo había atado esa mañana para recordar que debía comprar harina. Alguien había dejado debajo un sobre blanco.
El mensaje llegó enseguida.
Marco no es el único que sabe dónde vives.
Luca apareció al otro lado del vidrio. No miraba a Marco. Me miraba a mí.
Abrí la puerta de la oficina.
—¿Cómo sabes dónde vivo? —le pregunté.
Su expresión no cambió, pero uno de sus hombres cerró la puerta principal del restaurante.
—Porque alguien lleva tres semanas siguiéndote.
—¿Quién?
—Todavía no lo sé.
Marco se acercó desde la barra.
—Grace, ven conmigo. Ahora.
Luca se colocó delante de mí.
—Ella no va a ninguna parte contigo.
Marco sacó el teléfono y lo levantó.
—Si no viene, una persona recibirá esta grabación.
Luca lo miró fijamente.
—¿Qué grabación?
Marco pulsó la pantalla. Se escuchó mi propia voz, temblorosa, diciendo una frase que yo nunca recordaba haber pronunciado.
Luca dejó de respirar durante un segundo.
Después, por primera vez, su rostro perdió el color…
PARTE 3
Después, por primera vez, su rostro perdió el color…
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó Luca.
Marco recuperó su sonrisa.
—Eso ya no importa. Lo importante es que Grace viene conmigo.
—No —dije.
Marco giró hacia mí.
—Escucha la grabación completa antes de decidir.
Luca le arrebató el teléfono con una rapidez que hizo retroceder a todos. El aparato cayó sobre la palma de su mano. Marco quiso recuperarlo, pero uno de los hombres de Luca le sujetó el hombro.
—Suéltame —espetó Marco.
—Cuando termines de mentir —respondió Luca.
La grabación continuó. Mi voz sonaba apagada, como si estuviera detrás de una pared.
—No le digas a Luca que fue Marco quien me entregó los documentos. Si se entera, todos estaremos en peligro.
Me quedé paralizada.
—Yo nunca dije eso —susurré.
Marco se inclinó hacia mí.
—Lo dijiste la noche que desapareciste.
—Yo estaba en Milwaukee.
—Eso crees.
Luca detuvo el audio y levantó los ojos.
—¿Tienes más?
—Tengo suficiente para demostrar que ella sabía lo que estaba haciendo.
—¿Demostrar qué?
Marco miró alrededor. Los clientes habían dejado de fingir que no escuchaban.
—Que Grace robó información de tu familia y la entregó a la policía.
El murmullo recorrió el restaurante como una corriente eléctrica.
—Eso es mentira —dije—. Ni siquiera sabía quién eras cuando te conocí.
Luca se volvió hacia mí.
—¿Conocías mi apellido?
—No.
—¿Sabías que yo era el dueño de la empresa de transporte Moretti?
—No sabía nada de ti.
Marco soltó una carcajada.
—Claro que no. Por eso llevaba meses trabajando en Bissimo, esperando a que tú entraras por esa puerta.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Qué estás diciendo?
—Que no fue una coincidencia. Te acercaste a Luca, conseguiste acceso a sus oficinas y después huiste con una copia de sus cuentas.
Luca hizo una señal. El hombre de la chaqueta negra sacó un sobre grueso de una carpeta de cuero.
—La prueba de autenticidad llegó esta tarde —dijo Luca.
Marco palideció.
—No tienes derecho.
—Ábrelo, Grace.
Mis dedos se negaron a obedecer. El sobre tenía un sello rojo y mi nombre completo escrito a mano. Lo abrí con la uña, rasgando el papel.
Dentro había una fotografía, una transcripción y un informe de una empresa de análisis de audio.
La fotografía mostraba a Marco sentado dentro de un automóvil, hablando con un hombre que reconocí. Era el antiguo jefe de seguridad de la empresa Moretti, el mismo que había desaparecido tres meses antes.
La transcripción comparaba la grabación con otra conversación registrada en la oficina de Marco.
El informe era claro: mi voz había sido creada uniendo fragmentos de conversaciones distintas. No era una grabación completa. Era una falsificación.
—No —murmuró Marco.
El hombre de Luca habló con calma.
—También encontramos el programa utilizado y los pagos realizados desde dos cuentas vinculadas a Marco Ricci.
—Eso no prueba nada —dijo Marco, aunque ya no sonaba seguro.
Luca le mostró la fotografía.
—¿Quieres explicar por qué pagaste para fabricar la voz de Grace?
Marco me miró. En su rostro ya no quedaba encanto.
—Lo hice para protegerte.
—¿De quién?
—De él.
Luca no se movió.
—¿Por qué querías que Grace pareciera una informante?
Marco apretó la mandíbula.
—Porque necesitaba que tú confiaras en mí.
Nadie habló.
Marco acababa de responder sin darse cuenta.
Luca guardó el informe en la carpeta.
—Querías que yo creyera que ella me había traicionado para poder entregármela.
—No iba a hacerle daño.
—Me amenazaste hace cinco minutos.
Marco miró hacia mí.
—Solo necesitaba asustarla.
La verdad quedó suspendida entre nosotros, desnuda y miserable.
Yo sentí que algo dentro de mí se rompía, pero no era mi corazón. Era la última duda que todavía me hacía pensar que quizá Marco había cambiado.
Entonces el teléfono de Luca vibró.
Escuchó en silencio. Su expresión se endureció.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Luca apartó el teléfono de su oído.
—La policía está frente a mi edificio.
Marco respiró con alivio.
—Por fin.
—No vienen por mí —dijo Luca.
El hombre de la carpeta sacó otro documento y lo dejó sobre la mesa.
—Vienen por la persona que acaba de activar la segunda fase.
Leí el nombre impreso en la primera línea.
No era Marco.
Era el mío.
Y debajo aparecía una dirección que yo no conocía, junto con una hora: medianoche…
Marco escuchó su propia voz y dejó de sonreír…
Creí que la verdad terminaría cuando descubrieran la grabación. Pero lo que vino después me obligó a elegir entre seguir huyendo o recuperar mi vida.
“Lo hiciste tú cada vez que decidiste que el miedo era amor.”
Y por fin dejó de parecerme arrepentimiento.
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